Tomado así como testigo, Delaberge preguntó con su aire gravemente amable:

—¿De qué se trata, señora?

—De ese deslinde que la Administración forestal quiere imponer. Bajo el pretexto de que es imposible evaluar por separado los derechos de los usuarios, el señor inspector provincial aquí presente nos ofrece como compensación un bosque que está a una legua de Val-Clavin... Y yo sostengo que esto es inicuo y aun bárbaro.

—Palabras muy duras son éstas—objetó Delaberge riendo.

—Duras, pero exactas... Veamos: yo tengo el derecho de cortar leña en Val-Clavin y los campesinos de Val-Clavin tienen también el derecho de pastos... Y a cambio de todo esto se nos ofrece un terreno impropio y muy lejano... ¿Se puede a esto llamar justicia?

—Señora—interrumpió complacientemente el inspector general,—la felicito a usted, pues trata el asunto como un verdadero jurisconsulto.

—¡Oh!—dijo a esto el inspector provincial.

—Te advierto que te las habrás con un contrincante fuerte... La señora Liénard está muy aferrada en sus derechos.

—En los míos y en los derechos de los demás también, señor Voinchet—repuso la joven con animada entonación;—los habitantes de Val-Clavin, aun más que yo, merecen ver atendidas sus reclamaciones: son gente pobre y para conducir su ganado al pastoreo les será preciso caminar más de una legua a campo traviesa, pues no hay vía directa que una el pueblo con la tierra que ahora se les ofrece.

—Ya les indemnizaremos construyéndoles un magnífico camino.