[65] Regla séptima: Un Autor coetaneo á un suceso es de mayor autoridad que muchos, si son posteriores. La razon es; porque el Autor coetaneo averigua por sí mismo las cosas, y así se asegura mejor de ellas[a]. Los Autores que despues del suceso hablan de él, ó se fundan en la autoridad del coetaneo, ó en la tradicion. Si se fundan en la fe del Autor coetaneo, no merecen otro crédito que el que se debe dar á este: si se fundan en la tradicion, se ha de ver, si algun grave Escritor, que tenga las calidades arriba expresadas, se opone, ó no á ella. Si se opone, ha de ser de mayor peso la autoridad de aquel Autor solo, que la de todo el Pueblo: si la confirma, entonces la tradicion se hace mas firme. Hablamos aquí solamente de las tradiciones puramente humanas y particulares, porque sabemos muy bien, que las Apostólicas son de autoridad infalible, como que pertenecen á la Fe divina. Y se ha de advertir, que las tradiciones humanas de que hablamos, aunque pertenezcan á cosas de Religion, estan sujetas á la regla propuesta. D. NICOLAS ANTONIO se opone á muchas tradiciones particulares que se habian introducido por los Cronicones, y sola la autoridad de tan grande Escritor es de mayor peso para los hombres de juicio, que todo el comun que las admite. Quando las tradiciones particulares de una Ciudad, de un Reyno, ó de una Provincia tienen mucha antigüedad, y no hay Autor grave que haya sido coetaneo á su establecimiento, ni que las contradiga, ni son inverosímiles, entonces será bien suspender el juicio hasta que con el tiempo se descubra la verdad: porque todo un Pueblo, ó un Reyno, que cree una cosa por sucesion de siglos, sin haber en contrario especial prueba positiva, merece fe; y como no sea esta tan grande, que nos obligue al asenso, será bien suspenderle.

[Nota a: Testium eo major est fides quo à re gesta propius abfuerunt, adeò ut aequalium certior sit quàm recentiorum, praesentium quàm absentium, certissima verò fit eorum qui rem oculis suis inspexerunt. Huet. Demonstr. Evang. axiom. 2.]

[66] Las fábulas de los Gentiles empezaron por algun suceso verdadero, y se propagó por la tradicion; de suerte, que cada dia añadia el Pueblo nuevas circunstancias falsas y caprichosas, que obscurecian el hecho principal, de manera, que al cabo de algun tiempo estaba enteramente desfigurado. Despues los Poetas dieron nuevo vigor á la tradicion del Pueblo, y así la querian hacer pasar por verdadera, quando no contenia otra cosa que mil patrañas. Y se ha de notar, que de ordinario solemos creer con facilidad las cosas pasadas, aunque sean falsas, con tal que las leamos en algun Autor que haya sido ingenioso, y haya sabido ponderarlas: cosa que observó Salustio en los Atenienses, como ya hemos dicho. Algunas tradiciones particulares hay entre los Christianos, que tuvieron su principio en algun hecho verdadero, despues tan desfigurado con las añadiduras del Pueblo y con la vehemencia de Escritores poco exâctos, que ya no parecen sino fábulas. Pero son fáciles de conocer las que llevan el caracter de la verdad, de las que son falsas, porque aquellas son uniformes en todas sus circunstancias, y correspondientes al fin á que pueden dirigirse; por el contrario estas son diformes, y mas parecen consejas y hablillas que realidades.

[67]. Regla octava: Los hechos sensibles afirmados unanimemente por testigos de distintas naciones, de diversos institutos, de opuestos intereses, y de distintos tiempos, han de tenerse por verdaderos. La razon es, porque son menester pruebas muy claras para que crean una cosa los hombres de diversas sectas, y de opuestos intereses; pues como cada uno suele afirmar ó negar las cosas segun la conveniencia y la pasion, es preciso que para que las gentes de diversas inclinaciones y intereses crean uniformemente una misma cosa, sea tan clara la verdad de ella, que no haya duda ninguna. CICERON se aprovechó del consentimiento general con que todas las naciones adoran alguna Deidad, para probar la exîstencia de Dios, porque aquel general consentimiento prueba que á todos se presenta la nocion de un Ser infinito, y adorable; bien que por el error de la educacion, ó de las pasiones alteraron muchos este conocimiento, y dieron el culto á quien no debian. Este consentimiento general de todos los Sabios de todas las naciones, y de todos los tiempos, nos hace estar ciertos de que hubo Filósofos Griegos, que hubo Oradores Romanos, que hubo Aristóteles, Ciceron, y otros Héroes de la Gentilidad[a]. Por el mismo sabemos que hubo Alexandro Magno, que fueron ciertas las guerras entre Pompeyo y Cesar, y que hubo un Escritor de la Historia Romana llamado Tito Livio. ¿Será bien, pues, creer á uno, ú otro, que ridículamente ha pensado, que ni hubo tal Ciceron, ni tal Alexandro, ni hubo Tito Livio, sino que todos estos fueron fingidos? Ya se ve que ninguno pensará tan desatinadamente, sino es que esté privado enteramente de la razon.

[Nota a: Platonis, Aristotelis, Ciceronis, Varronis, aliorumque hujusmodi Auctorum libros, unde noverunt homines quod ipsorum sint, nisi eadem temporum sibimet succedentium contestatione continua? S. Augustinus lib. 33. contra Faustum, capit. 6.]

[68] Regla nona: El silencio de algunos Escritores suele ser prueba de no haber acontecido un hecho. La prueba con que algunos Críticos intentan negar un hecho por el silencio de los Escritores coetaneos, ó poco posteriores, es llamada argumento negativo; y aunque muchos le tienen por de poca fuerza, no hay que dudar que algunas veces es bastante por sí solo para negar un suceso. JUAN LAUNOY dió mucha fuerza á este argumento en un discurso que compuso sobre esto. Como tomó con demasiado extremo muchos asuntos, lo hizo tambien en este, de modo, que todo hombre cuerdo debe leerle con alguna desconfianza, y armado de buena Lógica. Juzgo, pues, que son menester dos cosas para que tenga fuerza el argumento negativo. La primera es, que los Autores coetaneos al suceso, ó poco posteriores hayan podido notarlo, esto es, no hayan tenido el estorbo de decir la verdad por respetos humanos, ó por miedo: que hayan tenido ocasion de observar el hecho, ó de asegurarse de él, y que tuvieran facilidad de escribirle. La segunda circunstancia es, que los Escritores debieran haber notado aquel hecho; porque aunque hayan podido, si no se han considerado obligados, pueden haberle omitido, ó por ocupacion, ó solo porque de ordinario dexamos de hacer muchas cosas, si nos parece que no tenemos obligacion, ni hay necesidad de executarlas. Si algunos Escritores coetaneos, pudiendo y teniendo obligacion de notar algun suceso, no lo han hecho, es prueba de no haber acontecido; y aunque algunos otros le afirmen en los tiempos venideros, han de considerarse de poco momento. Bien es verdad, que para hacer buen uso del argumento negativo, es menester gran juicio y atinada crítica, y haber leido muchos Autores, y en especial todos los de aquel tiempo en que aconteció la cosa, porque puede suceder que creamos que ningun Autor lo ha dicho sin haberlos visto todos, lo que es precipitacion de juicio[a].

[Nota a: Necesse est nedum singulos evolvisse Scriptores ex quorum silentio tale argumentum eruitur, sed insuper nullatenus ambigere, num aliqui nobis desint, qui fuerint ipsis contemporanei. Contingere namque potest, quod Auctor, cujus scripta ad nos minimè devenerint, rei alicujus mentionem fecerit, quae tamen à caeteris fuerit praetermissa. Praeterea manifesta quadam ratione certi simus oportet, quod nihil, de iis quae evenerunt in materia de qua agitur, Scriptorum illius aevi qui nobis supersunt, solertia praeterierit. Mabillon de Stud. Monast. p. 2. cap. 13.]

[69] Con la buena aplicacion de estas reglas, podrémos distinguir los escritos que son de algun Autor de la antigüedad, y los que son espureos. Siempre la codicia ha introducido cosas falsas para adulterar las verdaderas, y en los libros sucede lo que en las drogas, viciando los Mercaderes las buenas, y corrompiéndolas con la mezcla de las que no son legítimas. Y es cosa averiguada, que los Escritores quanto han sido mas famosos, tanto han estado mas expuestos á la falsificacion, porque los codiciosos han publicado varios libros en nombre de algun Autor acreditado, no conteniendo á veces sino rapsodias indignas del Autor á quien las atribuyen. Para distinguir, pues, los escritos legítimos de los espureos, se ha de atender la tradicion, y consentimiento de los otros Escritores, ó coetaneos ó poco posteriores, porque si estos están conformes se han de tener por legítimos; pero si dudan algunos, se ha de considerar entonces la calidad del que duda, y así podrá gobernarse el entendimiento para no errar en estas cosas. Hase de atender tambien para conocer los Escritos de un Autor el modo con que habla este en aquellos que nadie dudare ser suyos, y se han de comparar unos con otros. Así se ha de atender el estilo, la fuerza de la imaginacion, la rectitud de juicio del Autor, se ha de saber en qué tiempo vivió, y se ha de notar si se contradice en cosas de importancia, ó habla de cosas posteriores á su tiempo, porque con todas estas prevenciones se podrán bastantemente distinguir los escritos que sean legítimos, y los que sean falsamente atribuidos. Por exemplo: HIPPÓCRATES escribió los libros de los Aforismos, de los Pronósticos, y algunos de las Epidemias; y no dudando nadie que estos escritos sean legítimamente de Hippócrates, observamos que habla con gravedad, sencillez, brevedad, y precision, y que sus descripciones históricas de las enfermedades son exâctas, y conformes á las que otros Griegos hicieron; y no observándose estas cosas en algunos otros de los escritos que andan impresos con el nombre de Hippócrates, por eso no han de tenerse por suyos. En efecto, Gerónimo Mercurial, Daniel Le-Clerc, y otros Médicos críticos, no solo han tenido por espureos muchos de los libros atribuidos á Hippócrates, sino que hacen varios Catálogos para separarlos de los verdaderos, asunto que he tratado con extension en mis obras Médicas. En las cosas de Religion sucede lo mismo, pues el Evangelio de Santiago, el de San Pedro, y otros muchos fingidos, de que trata Calmet en una disertacion que compuso de propósito sobre los Evangelios apócrifos, son libros que formaron los Hereges, y para autorizarlos los atribuyeron á Autores de mucha reputacion; y esto es lo que obligó al Papa Gelasio en el Concilio que celebró en Roma ácia los fines del siglo quinto, á declarar semejantes libros por apócrifos, y formar el catálogo de ellos tan sabido de los Críticos.

[70] Debo aquí advertir, que para hacer buen uso de estas reglas, se han de considerar como he dicho todas las calidades del Autor, cuyos escritos se pretenden averiguar; y no basta gobernarse por solo el estilo, como hacen algunos, porque no es dudable, que los Autores suelen variar mucho los estilos, y un mismo sugeto escribe de un modo en la juventud, y de otro en la vejez, cosa que ya observó Sorano, antiguo Escritor de la vida de Hippócrates, en las obras de este insigne Médico; bien que como los estilos siguen los genios y natural de los Escritores, duran aquellos al modo de estos toda la vida. Por donde se ha de reparar, si la mudanza es solo en alguna, cosa de poco momento, ó en todo el artificio y orden de la oracion; pues aunque en parte mude un Escritor de estilo, en el todo suele guardar uniformidad. La razon es, porque el estilo especial que cada Escritor tiene, nace en parte de los afectos, inclinaciones, ingenio, imaginacion, y estudio; y aunque estas cosas suelen mudarse en diversas edades, y tiempos; pero no suele ser general la mutacion. Por esto si en un escrito se halla, que la diversidad de estilo es de poca importancia, comparada con los escritos genuinos de un Autor, no bastará aquella mudanza para tenerle por espureo; y si la diferencia fuese notabilísima, da vehementes sospechas de ser supuesto, y falsamente atribuido,

[71] Regla décima: En las cosas de hecho y de doctrina, para admitirlas, es preciso considerar las pruebas y fundamentos de ellas, sea quien quiera el Autor que las afirma. Esta máxîma es importantísima en el uso de las Artes y Ciencias humanas, en el trato civil, en la política, y económica, y otras semejantes ocurrencias, en que hemos de saber las cosas que los hombres nos comunican. Fúndase esta regla en que todo hombre es falaz, y ninguno hay que no suela preocuparse, ó precipitar el juicio, ni todos saben hacer buen exercicio de los sentidos, ni evitar los errores que ocasionan las pasiones, y la imaginacion: por consiguiente á nadie hemos de creer sobre su palabra, sino sobre sus razones. Fuera de esto no debemos cautivar nuestro entendimiento en obsequio de lo que los demas hombres piensan, porque esto es privilegio especial de Dios, á cuyas voces hemos de sujetar nuestra creencia sin exámen. Pero como cada uno de nosotros tiene derecho á no ser engañado, y por experiencia incontrastable sabemos que los hombres estan expuestos al error, y que todos nos pueden engañar, ó por ignorancia, ó por malicia, por esto á nadie se debe creer absolutamente y por sí, sino solo segun las pruebas que alegare. El creer ciegamente á los hombres sin discernimiento y sin exámen, ha hecho que en muchos libros no se halla la verdadera Filosofía, sino lo que dixo Aristóteles, ó Averrohes, ó Cartesio, ó Newton; y es cosa comunísima ver, que no tanto se intenta convencer la verdad con las pruebas fundadas en la razon, como en la autoridad de los hombres que pueden engañarnos, y que solo han de convencernos por las razones con que apoyan sus dictámenes. Así que el hombre ha de gobernarse por la razon, y esta es la que en las Ciencias humanas ha de obligarle al asenso. Y es bien cierto, que los referidos Autores no siguieron en muchas cosas á los pasados, y el mismo derecho tenemos nosotros, y la misma libertad para seguirlos, ó para no creerlos. Quando yo veo á los Médicos, y en especial á los Letrados, que para probar un asunto citan doscientos Autores acinados, y lo suelen hacer para confirmar una verdad notoria de las que llamamos de Pero Grullo, y no trabajan en otra cosa, que en amontonar citas, me maravillo del poco uso que hacen de la razon, siendo cierto que toda aquella multitud no puede contrarrestar á una sola razon sólida y bien fundada, que haya en contrario. Añádese, que entre los Escritores crédulos suele suceder, que unos afirman lo que leyeron en otros sin haberlo exâminado, estos lo que vieron en aquellos, y así acontece, que uno solo inventó una cosa, y son diez mil los que la apoyan, sin otro fundamento que verla escrita los unos en los otros. Por esto no han de extrañar los Médicos, ni los Filósofos, ni los Letrados, que un Autor solo pretenda prevalecer sobre muchos, quando son sólidas y firmes las razones con que intenta combatirlos. Ya se ve, que hombres muy críticos, y desengañados de estas cosas, suelen citar tambien muchos Autores para probar una opinion; pero tal vez se ven obligados á hacerlo así, porque no son estimados los escritos donde falta esto, y harán juicio que es preciso algunas veces no filosofar contra el vulgo. Fuera de que, si un Autor que se ha adquirido crédito por su exâctitud afirma una cosa con buenas pruebas, es conducente su testimonio. En efecto es moda citar para cada friolera cien Autores. El célebre HEINECCIO, burlándose de los Abogados, que ponen la fuerza de la justicia en el número de las citas, dice, que un Letradillo citó en cierta ocasion á Salgado en el célebre tratado de Somosa, siendo así que Somosa no es tratado, sino apellido de aquel Autor[a]. Hasta aquí hemos hablado de las citas importunas, aun siendo legítimas: qué dirémos de las infinitas citas falsas que hay en los libros, en las conversaciones, y en los alegatos? La vanidad, el poco amor á la verdad, y el interes hacen traer citas vanísimas y falsas para captar con ellas á los incautos, y adquirirse reputacion de doctos. Cómo se ha de tolerar el que esté uno sosteniendo disparates, ó á lo mas una cosa de pura opinion, y no se le cayga de la boca: Todos los Autores lo dicen? como si hubiese quien los haya visto todos: como si pudiesen juntarse todos en cosas opinables. Dexo lo poco que se estudia, lo mucho que se habla, la fanfarronería que domina, las artes de truncar textos, la mala fé para seducir, y otras tergiversaciones que se usan entre los hombres; pues todas estas cosas nos han de tener desconfiados de sus aserciones, haciéndonos entender, que nuestra creencia solo se ha de dar á sus pruebas, y á las razones en que fundan lo que afirman.