El padre de familia se descubría la cabeza con respeto ante los misioneros y desocupaba su habitación para cedérsela, ofreciéndoles la mejor estera que tenía; las mujeres preparaban la cena y los niños se lavaban la cara para ir á besar la mano del venerable religioso que los acariciaba con paternal dulzura.
Mientras cenaban, el anciano sacerdote sentado á la luz del hogar, en medio de la familia, oía sus quejas, alentaba sus esperanzas y les contaba las historias de Ruth y de Tobías.
Cuando ya la lumbre iba extinguiéndose y los niños estaban dormidos en el regazo de sus madres, ofrecía un libro ó un vestido al jefe de la casa, y á su esposa dinero y consejos para la familia.
Por último, les daba su bendición y se retiraba para hablar con Dios en la montaña ó para buscar á D. Carlos que pocas veces figuraba en aquellas escenas porque, saciado de amargura, prefería vagar en los bosques ó permanecer inmóvil á orillas de un torrente siguiendo el profundo curso de sus sueños.
VI.
Antes del amanecer, los dos viajeros dejaban aquel hospitalario techo, bien así como esas parejas de aves acuáticas, que por las tardes del estío llegan á las granjas, pasan la noche anunciando con sus cantos la abundancia de las cosechas y al salir el sol alzan su vuelo para no volver jamás.
Cuando tenían necesidad de pasar por algún pueblo de importancia se dirigían á la iglesia donde el piadoso ministro bautizaba á los niños aconsejando la paz y la fraternidad mientras D. Carlos andaba en busca de los enfermos y los pobres.
Su salida tenían que hacerla furtivamente para no escuchar las aclamaciones de la gratitud é impedir que los detuvieran con súplicas y lágrimas.
La fama de su amable indulgencia, sus medicinas y beneficios de toda especie, circuló por muchos pueblos de indígenas.