El mendigo siguió hablando con más calma:
"Mientras D. Carlos estudiaba en Madrid, murió la Señora su mamá y pronto supimos que ya él se había casado y no regresaría."
"María Luisa y yo, que tanto llorábamos por la Señora y su hijo, éramos mal vistos por el tío D. Juan, quien un día me despidió de la casa por haber defendido el honor de aquella pobre muchacha."
"No pudiendo yo ir á España en busca de mi amo, como eran mis deseos, hice contrato de servir á un maestro de obras, que me llevó á Michoacán y con él aprendí el oficio de albañil."
"Allí pasé algunos años y cuando ya me sentía rendido por el trabajo y los pesares, me llamó un Señor á quien le había construido una casa y me dió mil pesos diciéndome que me los mandaba D. Carlos."
"Hasta entonces supe que mi buen amo se hallaba en México y no se había casado."
"Al verme dueño de aquella cantidad dije para mí:—¿De qué me servirá tanto dinero habiendo encontrado á D. Carlos? Voy á devolvérselo y me quedaré en su casa siquiera de portero; él me mantendrá en los últimos días de mi vejez."
"¡Ay Padre! Sólo han pasado seis meses desde el día que tomé camino para México llevando mis sesenta onzas de oro."
"Desde entonces he sufrido muchas penalidades; todavía no era cojo, ni manco, ni tan viejo como estoy ahora."
"Sin pensar en que muy pronto debería pedir limosna de puerta en puerta, entraba en la Capital muy contento porque pronto iba á ver á mi amo, cuando unos salteadores me quitaron el dinero y me dieron muchos palos."