Estas últimas palabras las pronunció Sebastián hincado, gimiendo y bajando la frente hasta tocar las rodillas del anciano prelado.
Después de largo rato en que hablaron con voz muy baja, dijo el Padre al afligido pordiosero:—Vaya Ud. en paz; yo creo que no estará lejos el día que pueda permitirle abrazar á D. Carlos; entre tanto quedará Ud. bajo la protección del convento.
El pobre inválido se levantó sereno y consolado, como el paralítico de la Piscina cuando escuchó la voz del cielo que le dijo: Levántate y anda.
Desde aquel día quedó Sebastián como mandadero del monasterio; pero sin poder pasar adentro, comunicándose únicamente con el Padre José.
D. Carlos apenas se dejaba ver por el claustro, pasaba como una sombra, su acento sólo se oía en la iglesia cuando exhalaba plegarias y quejidos arrancados de la profundidad de su tristeza.
Vivía más retraído que nunca, pensando solamente cómo distribuiría su fortuna en provecho de los necesitados.
Esta idea pudo realizarse con oportunidad durante las plagas que asolaron á Oaxaca por aquel tiempo.
XXIV.
Un día llegó Sebastián muy agitado y dijo al Padre José palideciendo:—El cólera está en México, acaban de contármelo.
—Ya era tiempo.—contestó el Guardián con su habitual serenidad.