Sentóse otra vez y estuvo más de una hora con la frente caída como si se inclinara bajo la enormidad de un gran suceso.
A veces lloraba con la sencillez de un niño y otras con el estrépito de un desesperado.
Su alma ya no podía soportar el combate de pasiones por largo tiempo sofocadas.
Cuando anocheció fué un criado á poner luz en la mesa y le preguntó si algo se le ofrecía; pero D. Carlos no dió señales de haberle oído.
X.
La noche adelantaba en silencio, apenas iluminada por pálidos luceros.
La fuente sollozaba en el fondo del jardín.
Algunas aves nocturnas se detenían graznando sobre las tapias.
Un viento helado agitaba las copas de los árboles y gemía lúgubremente al entrar por el balcón para mover la flama de la vela y la cabellera de D. Carlos.
La campana de la torre inmediata sonaba tan melancólica, tan lenta, como si repitiera el toque de agonías.