Cumpliendo sus deseos y las prescripciones del médico, se le trasladó á una casa deshabitada que se comunicaba con el convento por el lado del jardín.

Allí pasó su convalecencia que fué corta y en cuanto pudo escribir, mandó algunas cartas á México, firmadas por personas desconocidas, que daban la noticia de su fallecimiento.

Desde entonces consagró sus días al estudio, al trabajo y la beneficencia.

Deseoso aún de libertad no quiso profesar, pero vestido con el tosco hábito de la Orden, se ocultó en aquella casa solitaria.

Unicamente lo veían en el convento cuando la campana llamaba á la oración, cuando había trabajos humildes que desempeñar ó algún enfermo que socorrer; mas siempre escondiendo su abatida frente bajo la capilla del monje.

III.

Los religiosos que no ignoraban quién era su nuevo compañero, le llamaban el Padre Félix y pasaban á su lado con respetuosa consideración, admirando la caída de aquella grande alma y el triunfo del arrepentimiento.

Muchas veces lo veían pasar largas horas rezando en el coro y otras, barriendo los claustros ó regando el jardín.

Algunas ocasiones lo sorprendieron en el campanario arrojando monedas á los pobres.