Después de una pausa ligera concluyó diciendo con tranquila satisfacción:—No obstante, D. Carlos, en todas partes hallamos á Dios y su providencia.
La campana dió el toque de la oración y ambos se dirigieron al convento.
Repentinamente llovió de una manera estrepitosa.
Un fuerte viento sacudía los árboles y maltrataba las flores.
Ocultas entre las ramas piaban tristemente algunas aves, cuyos nidos habían caído deshechos por la tempestad.
XXVI.
En la tarde siguiente llegaron los dos amigos á ocupar el mismo sitio.
D. Carlos, invitado por el Padre José, continuó su historia en estos términos:
"Por espacio de tres años mi vida en Madrid fué pesada, solitaria y monótona, con excepción de breves temporadas."
"Encerrado en un colegio, solamente veía la calle cuando era muy preciso."