"Acusándose con dureza me refirió los acontecimientos de la vida y la lucha de su alma tempestuosa, hasta el momento en que causó la muerte de aquel hombre que tanto la quería."

"Después de unos instantes en que á la par nos mirábamos silenciosos y aterrados, la dije señalándole una silla."

"—Siéntate: cuando yo acabe de hablar me dirás: ó no, porque de tu resolución determinante depende nuestro porvenir. Tú no eres culpable; has sido presa de un vértigo fatal. El mundo infame no comprende los riesgos de la infeliz mujer que vive abandonada á sí misma. Cuando algún desocupado corta las alas á una débil mariposa, viene otro y creyendo que es gusano, la pisotea. La sociedad hipócrita no concede iguales derechos, pero exige los mismos deberes á la niña de alta cuna, guardada y protegida por todos, que á la pobre hija del pueblo criada en la servidumbre, como si no fuese capaz de sentir y de inspirar ese noble y santo amor que perfuma el corazón; en vez de darle buenas costumbres, la expone al precipicio y cuando delinque seducida y engañada, la desprecia y la arroja entre flores y gusanos al degradante tráfico del vicio; después la juzga y la condena sin mirar que aquel daño infinito es obra suya."

LI.

"María Luisa se estremeció y secó el llanto que derramaba involuntariamente, yo continué:"

"—Los hombres, después de haber agotado la juventud, quizás con malas costumbres, llegamos á ocupar puestos distinguidos y nos llaman respetabilísimos señores, mientras que á la pobre mujer que luchó en defensa de su honor y sucumbió por hambre, al verla pasar humillada bajo el peso de la deshonra, con el alma herida profundamente y la corona del oprobio en la cabeza, en vez de llamarla para limpiar el llanto de sus ojos y las llagas de su corazón, le decimos como los judíos: Adelante, tú has faltado al deber, no mereces compasión. Y ella, por culpa nuestra, rueda en la pendiente de la fatalidad pasando desde los salones hasta los tugurios, de allí á los cuarteles y después al hospital. ¡Qué horror! En estos tiempos de progreso y democracia, se forman sociedades de beneficencia, se abren liceos para ilustrar á la juventud, se inventan máquinas que alivian el trabajo del hombre, se aseguran los buques para que el mar no absorba el dinero del rico y todavía no se piensa en la rehabilitación de la joven descarriada...... Pocas son las mujeres que se pierden por instinto, casi todas son irresponsables; han sucumbido por engaño, por necesidad ó por mala educación. Cuando alguna niña sola, pobre y hermosa llega á la edad en que el botón se vuelve flor y la adolescente ángel, los mercaderes del amor impuro y los libertinos de profesión, la ponen asechanzas, la narcotizan con su aliento de serpiente, y como perros de presa, la persiguen hasta precipitarla en el abismo del desprecio. Esa eres tú, María, huérfana hermosísima, dotada de gigantescas pasiones y falsamente persuadida de que te habían robado el primer amor de tu corazón ¿qué habías de hacer? Viviendo en mi casa como una señorita, te lanzaron de repente á la vida libre de la servidumbre; rodeada de seducciones y necesidades, llena de juventud y de belleza, fuiste una perla caída en el fango, fuiste un ángel que se perdió buscando el camino de los cielos. ¡Qué infames son los que te han engañado, vendido y enlodado! Pero yo sé que tu alma está virgen todavía; tú tienes talento y un corazón sensible; aun puedes ser buena y llegar á sentir algún día el inefable contento de la casta esposa y la honorable madre. Yo me propongo regenerarte por medio del trabajo, del honor y de la religión. Créemelo, María, quiero ser tu padre ó siquiera tu hermano por algún tiempo. Tú ya no eres la joven que se pudiera encerrar en un colegio; el ave acostumbrada á volar de árbol en árbol, se muere de tristeza cuando la guardan en la jaula. Si tú quieres te pondré una casa donde tengas criados que te sirvan, maestros que te instruyan y respetos que te honren; yo desde lejos procuraré que nada te falte, mirando en tí una prenda de ventura puesta por Dios bajo mi amparo. Cuando hayan pasado tres ó cuatro años, si aprendiste y observaste los deberes de la dama honesta y fuerte, iremos á vivir donde no te conozcan y me casaré contigo, pero has de cumplir estas tres condiciones que te exijo: primera, te instruirás en los deberes y las labores de la buena educación; segunda, ninguno sabrá de tus labios que yo te amo y te sostengo; y por último, vivirás con modestia y honradez sin tacha."

LII.

"Cuando acabé de hablar, María Luisa continuaba llorando y me contestó profundamente conmovida:"

"—Ni mi madre que me quiso tanto, ni mi tía que me dió muchos consejos al morir, ni los hombres ricos, sabios y apasionados que tuve á mis piés, me han dicho esas cosas. Toda mi vida te serviré contenta y agradecida; tú eres mi padre."