La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el cuerpo, que es obra de Dios. He aquí otro indicio de que la moda es inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino de corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. Ya Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».
| —Pues ¿hay usos en los talles? |
| —Sí; yo me acuerdo haber visto |
| Usarse un año a los pechos, |
| Y otro año a los tobillos; |
| Y esto no es mucho, que en fin, |
| Consistía en los vestidos. |
¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle de su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse esta trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepción soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse que la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si hubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El concepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de la mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterando el orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional y lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y a esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángel rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad especial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la paradoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negar que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué que sólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando está acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre el diablo está dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, aun cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las normas dictadas por su genio maléfico.
Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos que el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, ni la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante. Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debe a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismo en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términos más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda trabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por contagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. La psicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasar inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diablo en su doble forma de coquetería y soberbia.
El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de la crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona con la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito de anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles, en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio de las modas es una contribución que la industria del pobre impone a la vanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutaciones calidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario del pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de la fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la responsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren a la burguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de confección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates. Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problema social.
He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente. Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir, que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort, diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...
LOS «TRAMITADORES»
Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir, del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las «planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin—tocar nada más—temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola y la tristeza profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento, con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el escribir tiene algo del «crochet»—y yo hago muy bien «crochet»—confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es muy inferior al tejido de mis manteletas.
Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que, habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos, insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean, una vez opulentos, alternar con lo más dorado—pase el galicismo—de nuestra sociedad.
El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.