LOS AFEITES
Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur. En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte, ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas, como sumidas en sueño letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera; pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado.
Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico, teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto dice—pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi esposo—es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...
Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a renacer ahora en forma alarmante.
¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta? ¿Engañarse a sí misma? Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la belleza pintada—suponiendo que esta pintura lo sea—es una belleza pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda, por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la Naturaleza.
Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los elementos trágicos de la Naturaleza.
Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgánica de un rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido o contrahecho.
Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose, con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».
| «—Un tiempo se dieron |
| En usar ojos dormidos; |
| No había hermosura despierta, |
| Y todo era mirar bizco. |
| Usáronse ojos rasgados |
| Luego, y dieron en abrirlos |
| Tanto, que de temerosos |
| Se hicieron espantadizos. |
| Las bocas chicas, entonces |
| Eran de lo más valido, |
| Y andaban por esas calles |
| Todos los labios fruncidos. |
| Dieron en usarse grandes, |
| Y en aquel instante mismo |
| Se despegaron las bocas, |
| Y, dejando lo jasifo |
| De lo pequeño, pusieron |
| Su perfección en lo limpio |
| De lo grande, hasta enseñar |
| Dientes, muelas y colmillos.» |
En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.