—Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?

—Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima personalidad.

—¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más felices?

—Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.

—Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás que se parezca a tí.

—En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...

—No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por tí.

—Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos. ¡Vaya una suerte que espera a la futura!...

Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar. Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.

—Después de todo lo que hemos hablado—dijo Jorge—quién sabe la suerte que le espera en el mundo.