Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el donaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y la felicidad del matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer. Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, en los momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones estaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una cátedra de psicología conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mías. Los hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan agradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Sean nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio: suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando dicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad femenina.

La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas las circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.

Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, una voluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín. Para la mujer, ceder es conseguir—siempre que el marido sea tierno, delicado y comprensivo. Jamás la mujer—y esto es importantísimo—debe herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en cuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchas veces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada. Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo haré pocas veces) estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo, inteligente, gentil, cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo que equivale a buscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi marido es aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razón definitiva) la fauna argentina y muy especialmente—aquí está su amor propio—las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el día. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista, excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo nunca le contradigo, porque, además de herir su amor propio de entendido en aves noctívagas, le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y los tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para qué herir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no ve bien? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o sea chimango? La cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelente naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento, ¿por qué negárselo? Alguna vez él mismo sale de su error, y entonces, enternecido, paga con un beso mudo la intención de mi aquiescencia. Y este beso de mi marido vale más, mucho más que toda la fauna, incluso la humana, que puebla la tierra.

He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal, a guisa de ejemplo, para demostrar que no debe mantenerse contradicción en cosas sin importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan de interés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido). Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento—la misma palabra lo dice—es el sentimiento más terne, más perenne, de más triste duración.

La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorables de la vida conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces insustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como la cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un filósofo—claro que un filósofo feminista—el divorcio es la disolución de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perder el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunos tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar los nuestros, también él—si no es una mala persona—quitará los suyos, despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso otorgarnos.

De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar. Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y difícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando todas las cruces, menos la del matrimonio—con lo cual su santidad desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa—decían que al matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados. No se enojarán los hombres, si apoyándonos en el testimonio de los santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones espirituales superiores. Y así debe ser, porque para el hombre el matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho fundamental de su vida.

A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor dispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismo filósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, son peligrosos, porque su arte y su filosofía están siempre en primer término, antes que la mujer. Además, son un poco raros y no poco arbitrarios. Y entre los políticos se debe preferir, no a los dogmáticos empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos, que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que tienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en que, siendo el gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.

Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en cuenta que la cuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se haya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en que el cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable, más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juan efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos versos de su comedia «El mayor imposible», estas palabras razonables sobre la exaltación amorosa:

«Que muchos que se han casado
Forzados de un amor loco,
Suelen después hallar poco,
De lo mucho que han pensado.»

¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside la dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace de no haber convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías...