El «no» de las niñas requiere, no una comedia como el «sí» de las niñas, sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos de contraernos a un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al difícil trance de tener que decir «no» por culpa de ella misma. Porque es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su corazón no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás que tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que verdaderamente ella quiere; no pocas veces también por divertirse, por coquetería, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el disfraz del amor por pura satisfacción de orgullo. Y esto lleva a muchas señoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre, que toma por sentimiento real los fingimientos de que es víctima en forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero propósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un hombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello el presentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertos indicios de que es persona grata, como se dice en términos de diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal gusto, pues no se debe jugar con el corazón ni con las ilusiones de ningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun es mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error de ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y en el amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles de curar que las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, que cifra la razón de su vida en la correspondencia de nuestro corazón al suyo, merece por ello mismo nuestra atenta simpatía, pues siempre es conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltación sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene—desde luego no nos conviene si no nos gusta—debemos hacérselo notar desde el principio con palabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle en forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y mezclando así la desesperanza o desengaño con el consuelo. Probablemente esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble, bondadosa, espiritual, exaltará más el amor del hombre, le hará más profundo y entrañable, desolará más su alma; pero no tendrá derecho a sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jamás, en fin, se debe alentar una pasión que no se tiene el propósito de corresponder. De todas las coqueterías ésta es la más condenable, porque implica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca reflexión y una torcida contextura ingénita de nuestro espíritu.
Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el «sí» de las niñas. Y esta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con nuestra frivolidad y nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso, el trance, desagradable siempre, de decir «no» claramente ha sido buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo de engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que supusiera una posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa al plantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que nunca pueda creerse engañado en sus observaciones respecto al estado efectivo de nuestro espíritu y de nuestra voluntad.
Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en materia de psicología femenina, para los cuales no basta que la mujer rehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de percepción es disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el «no» desde el primer instante, pues al que no entiende de razones con los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos. Siempre, claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no es responsable de no ver, y hasta merece simpatía cuando observamos que la causa de su ceguera está en que el foco del corazón le ofusca la vista de los ojos. ¿No merece un poco de piedad un ciego tan sublime? Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy expeditivos en sus procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta huracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, no brusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a la exasperación y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado. Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de sí mismo un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la gloria de unirse a él. La vanidad es un lente que aumenta las cosas más pequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en un ligero «titeo» educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a moderar el concepto fantástico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las da de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de la mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que no están en la persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunas novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de psicología femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe emplear un «no» oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de naturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza de complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en el apellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr la más apetecible conquista. Con éste el «no» tiene que ser histórico. La mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan un apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logran meterle en la historia.
¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que no acabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el «no» es mucho más difícil que el «sí» de las niñas...
EL GANCHO
Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y combinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenteras y han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los escritores festivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo popular: «hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinada concierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendencia casamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género de intervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombre siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y aún cuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al auxilio de una dama antes que al apoyo de otro hombre.
Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron por ello la cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» que han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el «gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron, en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables. Metternich y Talleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a este género de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» para unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron las armas gracias a la feliz gestión casamentera de un canciller, que resolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que acabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos. Estos «ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de los pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes diplomáticos.
El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debe desdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas en los anales de la humanidad.
Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar, discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisión casamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar algunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las voluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obra buena y simpática, pues tiende a proteger un amor concertado.
Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este género de gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se pone a concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro espíritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantánea y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor de relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la duración, pues es difícil mantener la vida en tan fulmínea tensión espiritual. Por esto en otra crónica hemos defendido las ventajas del rescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el amor.