Tenía por costumbre echar las redes sólo cuatro veces al día y nada más. Un día entre los días, á las doce de la mañana, fué á orillas del mar, dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo esperando hasta que llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba mucho y no podía con ella. Llevó el cabo á tierra y lo ató á un poste. Después se desnudó y entró en el mar, maniobrando en torno de la red, y no paró hasta que la hubo sacado. Vistióse entonces muy alegre, y acercándose á la red, encontró un borrico muerto. Al verlo, exclamó desconsolado: «¡Todo el poder y la fuerza están en Alah, el Altísimo y el Omnipotente!» Luego dijo: «En verdad que este donativo de Alah es asombroso.» Y recitó los siguientes versos:
¡Oh buzo que giras ciegamente en las tinieblas de la noche y de la perdición! ¡Abandona esos penosos trabajos; la fortuna no gusta del movimiento!
Sacó la red, exprimiéndola el agua, y cuando hubo acabado de exprimirla, la tendió nuevamente. Después, internándose en el agua, exclamó: «¡En el nombre de Alah!» Y arrojó la red de nuevo, aguardando que llegara al fondo. Quiso entonces sacarla, pero notó que pesaba más que antes y que estaba más adherida, por lo cual la creyó repleta de una buena pesca; y arrojándose otra vez al agua, la sacó al fin con gran trabajo, llevándola á la orilla, y encontró una enorme tinaja llena de arena y barro. Al verla, se lamentó mucho y recitó estos versos:
¡Cesad, vicisitudes de la suerte, y apiadaos de los hombres!
¡Qué tristeza! ¡Sobre la tierra ninguna recompensa es igual al mérito, ni digna del esfuerzo realizado por alcanzarla!
¡Salgo de casa á veces para buscar candorosamente la fortuna, y me enteran de que la fortuna hace mucho tiempo que murió!
¿Es así, ¡oh fortuna! como dejas á los sabios en la sombra, para que los necios gobiernen el mundo?
Y luego, arrojando la tinaja lejos de él, pidió perdón á Alah por su momento de rebeldía y lanzó la red por tercera vez, y al sacarla la encontró llena de trozos de cacharros y vidrios. Al ver esto, recitó todavía unos versos de un poeta:
¡Oh poeta! ¡Nunca soplará hacia ti el viento de la fortuna! ¿Ignoras, hombre ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamás?