Acompañaron al rey sus emires, sus chambelanes, sus visires y los jefes del reino. Apenas había llegado al meidán, se le acercó el médico y le entregó el mazo, diciéndole: «Empúñalo de este modo y da con toda tu fuerza en la pelota. Y haz de manera que llegues á sudar. De ese modo el remedio penetrará en la palma de la mano y circulará por todo tu cuerpo. Cuando transpires y el remedio haya tenido tiempo de obrar, regresa á tu palacio, ve en seguida á bañarte al hammam, y quedarás curado. Ahora, la paz sea contigo.»
El rey Yunán cogió el mazo que le alargaba el médico, empuñándolo con fuerza. Intrépidos jinetes montaron á caballo y le echaron la pelota. Entonces empezó á galopar detrás de ella para alcanzarla y golpearla, siempre con el mazo bien cogido. Y no dejó de golpear hasta que transpiró bien por la palma de la mano y por todo el cuerpo, dando lugar á que la medicina obrase sobre el organismo. Cuando el médico Ruyán vió que el remedio había circulado suficientemente, mandó al rey que volviera á palacio para bañarse en el hammam. Y el rey marchó en seguida y dispuso que le prepararan el hammam. Se lo prepararon con gran prisa, y los esclavos apresuráronse también á disponerle la ropa. Entonces el rey entró en el hammam y tomó el baño, se vistió de nuevo y salió del hammam para montar á caballo, volver á palacio y echarse á dormir.
Y hasta aquí lo referente al rey Yunán. En cuanto al médico Ruyán, éste regresó á su casa, se acostó, y al despertar por la mañana fué á palacio, pidió permiso al rey para entrar, lo que éste le concedió, entró, besó la tierra entre sus manos y empezó por declamar gravemente algunas estrofas:
¡Si la elocuencia te eligiese como padre, reflorecería! ¡Y no sabría elegir ya á otro mas que á ti!
¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido!
¡Ojalá ese glorioso semblante siga con la luz de su frescura y alcance á ver cómo las arrugas surcan la cara del tiempo!
¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!
¡Tus altas hazañas te han hecho alcanzar las cimas de la gloria, y eres el amado del Destino, que ya no puede negarte nada!
Recitados los versos, el rey se puso de pie, y cordialmente tendió sus brazos al médico. Luego le sentó á su lado, y le regaló magníficos trajes de honor.
Porque, efectivamente, al salir del hammam, el rey se había mirado el cuerpo, sin encontrar rastro de lepra, y vió su piel tan pura como la plata virgen. Entonces se dilató con gran júbilo su pecho. Y al otro día, al levantarse por la mañana, entró en el diván; se sentó en el trono y comparecieron los chambelanes y grandes del reino, así como el médico Ruyán. Por esto, al verle, el rey se levantó apresuradamente y le hizo sentar á su lado. Sirvieron á ambos manjares y bebidas durante todo el día. Y al anochecer, el rey entregó al médico dos mil dinares, sin contar los trajes de honor y magníficos presentes, y le hizo montar su propio corcel. Y entonces el médico se despidió y regresó á su casa.