Pero apenas habían pasado algunos instantes, circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones, y exclamó: «¡El veneno circula!» Y después el médico Ruyán comenzó á improvisar versos, diciendo:

¡Esos jueces! ¡Han juzgado, pero excediéndose en sus derechos y contra toda justicia! ¡Y sin embargo, ¡oh Señor! la justicia existe!

¡A su vez fueron juzgados! ¡Si hubieran sido íntegros y buenos, se les habría perdonado! ¡Pero oprimieron, y la suerte les ha oprimido y les ha abrumado con las peores tribulaciones!

¡Ahora son motivo de burla y de piedad para el transeúnte! ¡Esa es la ley! ¡Esto á cambio de aquello! ¡Y el Destino se ha cumplido con toda lógica!

Cuando Ruyán el médico acababa su recitado, cayó muerto el rey.

Sabe ahora, ¡oh efrit! que si el rey Yunán hubiera conservado al médico Ruyán, Alah á su vez le habría conservado. Pero al negarse, decidió su propia muerte.

Y si tú, ¡oh efrit! hubieses querido conservarme, Alah te habría conservado.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. Y su hermana Doniazada le dijo: «¡Qué deliciosas son tus palabras!» Y Schahrazada contestó: «Nada es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene á bien conservarme.» Y pasaron aquella noche en la dicha completa y en la felicidad hasta por la mañana. Después el rey se dirigió al diván. Y cuando terminó el diván, volvió á su palacio y se reunió con los suyos.