¡Sin embargo... está escrito! ¡Está escrito que el hombre destinado á morir en un país no podrá morir más que en el país de su destino! Pero ¿sabes tú cuál es el país de tu destino?...

¡Y sobre todo, no olvides nunca que el cuello del león no llega á su desarrollo hasta que su alma se ha desarrollado con toda libertad!

Cuando acabó de recitar estos versos, le besé las manos, y mientras no me vi muy lejos de aquellos lugares no pude creer en mi salvación.

Pensando que había salvado la vida pude consolarme de haber perdido un ojo, y seguí caminando, hasta llegar á la ciudad de mi tío. Entré en su palacio y le referí todo lo que le había ocurrido á mi padre y todo lo que me había ocurrido á mí. Entonces derramó muchas lágrimas, y exclamó: «¡Oh sobrino mío! vienes á añadir una aflicción á mis aflicciones y un dolor á mis dolores. Porque has de saber que el hijo de tu pobre tío ha desaparecido hace muchos días y nadie sabe dónde está.» Y rompió á llorar tanto, que se desmayó. Cuando volvió en sí, me dijo: «Estaba afligidísimo por tu primo, y ahora se aumenta mi dolor con lo ocurrido á ti y á tu padre. En cuanto á ti, ¡oh hijo mío! más vale haber perdido un ojo que la vida.»

Al oirle hablar de este modo, no pude callar por más tiempo lo que le había ocurrido á mi primo, y le revelé toda la verdad. Mi tío, al saberla, se alegró hasta el límite de la alegría, y me dijo: «Llévame en seguida á esa tumba.» Y contesté: «¡Por Alah! no sé dónde está esa tumba. He ido muchas veces á buscarla, sin poder dar con ella.»

Entonces nos fuimos al cementerio, y al fin, después de buscar en todos sentidos, acabé por encontrarla. Y yo y mi tío llegamos al límite de la alegría, y entramos en la bóveda, quitamos la tierra, apartamos la losa y descendimos los cincuenta peldaños que tenía la escalera. Al llegar abajo, subió hacia nosotros una humareda que nos cegaba. Pero en seguida mi tío pronunció la Palabra que libra de todo temor á quien la dice, y es ésta: «¡No hay poder ni fuerza mas que en Alah, el Altísimo, el Omnipotente!»

Después seguimos andando, hasta llegar á un gran salón que estaba lleno de harina y de grano de todas las especies, de manjares de todas clases y de otras muchas cosas. Y vimos en medio del salón un lecho cubierto por unas cortinas. Mi tío miró hacia el interior del lecho, y vió á su hijo en brazos de aquella mujer que le había acompañado, pero ambos estaban totalmente convertidos en carbón, como si los hubieran echado en un horno.

Al verlos, escupió mi tío en la cara á su hijo y exclamó: «Mereces el suplicio de este bajo mundo que ahora sufres, pero aún te falta el del otro, que es más terrible y más duradero.» Y después de haberle escupido, se descalzó una babucha y con la suela le dió en la cara.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aproximarse la mañana, y discretamente no quiso abusar del permiso que se le había concedido.