Ya lo oís. Explicando su método personal, el ilustre escritor árabe (porque Mardrus nació en Siria) viene á dar á Europa la más admirable y la más útil enseñanza. Pero lo malo es que, para seguir su ejemplo fecundo, no basta con saber muy bien la lengua de que se traduce y la lengua en que se traduce. Algo más es necesario, y este algo es la maravillosa comprensión de la poesía extranjera en lo que tiene de más peculiar y de más fresco. Además, es indispensable una libertad de lenguaje que no es frecuente.

«Hay en los libros de los países orientales cosas que nuestra decencia europea no admite y que es preciso velar», dicen los académicos.

En realidad, nadie tiene derecho á escamotear una sola frase, por ruda que sea, á un autor exótico. ¿Que las palabras escabrosas os chocan? ¿Que no os atrevéis á llamar al pan pan y al sexo sexo?... Pues cerrad el libro y dejad en paz su poesía. En este punto, el buen señor Galland debe de haber tenido sorpresas muy desagradables durante su larga labor de adaptador, porque si hay cuentos que contienen desvergüenzas—adorables y lozanas desvergüenzas—, son los de Las mil noches y una noche, al lado de los cuales el Decamerón, de Boccaccio, y el Heptomerón, de la reina de Navarra, y hasta las Damas galantes, de Brantôme, resultan simples discreteos de señoritas libertinas. Interrogado por un reporter cuando publicaba los primeros capítulos de su traducción en las revistas, el doctor Mardrus explicó con llaneza su manera de obrar y de pensar en tal particular. He aquí sus palabras:

«Los pueblos primitivos llaman las cosas por su nombre, y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquéllos que aún no tienen una mancha en la carne ó en el espíritu y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la Belleza...) Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce á la alegría. Y ellos ríen de todo corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.»

Oyendo esto, el reporter, que estaba enterado por los profesores de la escuela de lenguas orientales de la «imposibilidad» de decir en una literatura «culta» las enormidades que se encuentran en los textos árabes, murmuró:

—Hay quienes apuestan que no se atreverá usted á conservar su literalidad hasta el fin.

—Ya lo verá usted—terminó Mardrus, sonriendo.

Y, en efecto, hemos visto que, con su ingenua valentía, ha llegado á la última página maravillosa sin velar un solo cuadro libre, sin desteñir una sola expresión atrevida, sin atenuar una sola situación erótica. Así, la leyenda de que el libro que antes se consideraba como un entretenimiento de niños es una obra atrevida comienza á formarse, y acabará, sin duda, por impedir que la gente timorata lo lea. Pero esto, lejos de apenarnos á los que consideramos Las mil noches y una noche como la mayor maravilla del ingenio humano, debe regocijarnos íntimamente. Porque, en realidad, un poema como éste no es para todo el mundo. Desde luego, no es para la burguesía. Ni es tampoco para las señoritas educadas en los conventos. No es, en suma, sino para aquéllos que son capaces de comprender el alma del árabe.

¿Y sabéis lo que es el árabe, vosotros que lo veis en las viñetas de El último Abencerraje? El divino Mardrus os lo dice en estas líneas:

«El árabe, ante una música compuesta de notas de cañas y flautas, ante un lamento de kanoon, un canto de muecín ó de almea, un cuento subido de color, un poema de aliteraciones en cascadas, un perfume sutil de jazmín, una danza de flor movida por la brisa, un vuelo de pájaro ó la desnudez de ámbar y perla de una abultada cortesana de formas ondulosas y ojos de estrella, responde en sordina ó á toda voz con un ¡ah! ¡ah!... largo, sabiamente modulado, extático, arquitectónico. Y esto se debe á que el árabe no es más que un instintivo, pero afinado, exquisito. Ama la línea pura y la adivina con su imaginación cuando es irreal. Pero es parco en palabras y sueña... sueña.»