Apenas llegamos, oímos sonar instrumentos de guerra, trompetas y tambores, y vimos que corrían los guerreros. Y toda la ciudad se llenó de ruidos, de estrépito y del polvo que levantaban los cascos de los caballos. Nuestro espíritu se hallaba en una gran perplejidad, no acertando la causa de todo aquello. Pero por fin mi tío acabó por preguntar la razón de estas cosas, y le dijeron: «Tu hermano ha sido muerto por el visir, que se ha apresurado á reunir sus tropas y á venir súbitamente al asalto de la ciudad. Y los habitantes han visto que no podían ofrecer resistencia, y han rendido la ciudad á discreción.»

Al oir todo aquello, me dije: «¡Seguramente me matará si caigo en sus manos!» Y de nuevo se amontonaron en mi alma las penas y las zozobras, y empecé á recordar las desgracias ocurridas á mi padre y á mi madre. Y no sabía qué hacer, pues si me veían los soldados estaba perdido. Y no hallé otro recurso que afeitarme la barba. Así es que me afeité la barba, me disfracé como pude, y me escapé de la ciudad. Y me dirigí hacia esta ciudad de Bagdad, donde esperaba llegar sin contratiempo y encontrar alguien que me guiase al palacio del Emir de los Creyentes, Harún Al-Rachid, el califa del Amo del Universo, á quien quería contar mi historia y mis aventuras.

Llegué á Bagdad esta misma noche, y como no sabía dónde ir, me quedé muy perplejo. Pero de pronto me encontré cara á cara con este saaluk, y le deseé la paz y le dije: «Soy extranjero.» Y él me contestó: «Yo también lo soy.» Y estábamos hablando, cuando vimos acercarse á este tercer saaluk, que nos deseó la paz y nos dijo: «Soy extranjero.» Y le contestamos: «También lo somos nosotros.» Y anduvimos juntos hasta que nos sorprendieron las tinieblas. Entonces el Destino nos guió felizmente á esta casa, cerca de vosotras, señoras mías.

Tal es la causa de que me veáis afeitado y tenga un ojo huero.»

Cuando hubo acabado de hablar, le dijo la mayor de las tres doncellas: «Está bien; acaríciate la cabeza[43] y vete.»

Pero el primer saaluk contestó: «No me iré hasta que haya oído los relatos de los demás.»

Y todos estaban maravillados de aquella historia tan prodigiosa, y el califa dijo al visir: «En mi vida he oído aventura semejante á la de este saaluk.»

Entonces el primer saaluk fué á sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas, y el otro dió un paso, besó la tierra entre las manos de la joven, y refirió lo que sigue:

«La verdad es, ¡oh señora mía! que yo no nací tuerto. Pero la historia que voy á contarte es tan asombrosa, que si se escribiese con una aguja en el ángulo interior del ojo, serviría de lección á quien fuese capaz de instruirse.