Al poco tiempo de morir nuestro padre, mis dos hermanas mayores se casaron y estuvieron algún tiempo conmigo en la misma casa. Pero sus maridos no tardaron en prepararse á un viaje comercial; cogieron los mil dinares de sus mujeres para comprar mercaderías, y se marcharon todos juntos, dejándome completamente sola.

Estuvieron ausentes cuatro años, durante los cuales se arruinaron mis cuñados, y después de perder sus mercancías, desaparecieron, abandonando en país extranjero á sus mujeres.

Y mis hermanas pasaron toda clase de miserias y acabaron por llegar á mi casa como unas mendigas. Al ver aquellas dos mendigas, no pude pensar que fuesen mis hermanas, y me alejé de ellas; pero entonces me hablaron, y reconociéndolas, les dije: «¿Qué os ha ocurrido? ¿Cómo os veo en tal estado?» Y respondieron: «¡Oh hermana! Las palabras ya nada remediarían, pues el cálamo corrió por lo que había mandado Alah»[47]. Oyéndolas se conmovió de lástima mi corazón, y las llevé al hammam, poniendo á cada una un traje nuevo, y les dije: «Hermanas mías, sois mayores que yo, y creo justo que ocupéis el lugar de mis padres. Y como la herencia que me tocó, igual que á vosotras, ha sido bendecida por Alah y se ha acrecentado considerablemente, comeréis sus frutos conmigo, nuestra vida será respetable y honrosa, y ya no nos separaremos.» Y las retuve en mi casa y en mi corazón.

Y he aquí que las colmé de beneficios, y estuvieron en mi casa durante un año entero, y mis bienes eran sus bienes. Pero un día me dijeron: «Realmente, preferimos el matrimonio, y no podemos pasarnos sin él, pues se ha agotado nuestra paciencia al vernos tan solas.» Yo les contesté: «¡Oh hermanas! Nada bueno podréis encontrar en el matrimonio, pues escasean los hombres honrados. ¿No probasteis el matrimonio ya? ¿Olvidáis lo que os ha proporcionado?»

Pero no me hicieron caso, y se empeñaron en casarse sin mi consentimiento. Entonces les di el dinero para las bodas y les regalé los equipos necesarios. Después se fueron con sus maridos á probar fortuna.

Pero no haría mucho que se habían ido, cuando sus esposos se burlaron de ellas, quitándolas cuanto yo les di y abandonándolas. De nuevo regresaron ambas desnudas á mi casa, y me pidieron mil perdones, diciéndome: «¡No nos regañes, hermana! Cierto que eres la de menos edad de las tres, pero nos aventajas en razón. Te prometemos no volver á pronunciar nunca la palabra «casamiento». Entonces les dije: «¡Oh hermanas mías! Que la acogida en mi casa os sea hospitalaria. A nadie quiero como á vosotras.» Y les di muchos besos, y las traté con mayor generosidad que la primera vez.

Así transcurrió otro año entero, y al terminal éste, pensé fletar una nave cargada de mercancías y marcharme á comerciar á Basrah[48]. Y efectivamente, dispuse un barco, y lo cargué de mercancías y géneros y de cuanto pudiera necesitarse durante la travesía, y dije á mis hermanas: «¡Oh hermanas! ¿Preferís quedaros en mi casa mientras dure el viaje hasta mi regreso, ó viajar conmigo?» Y me contestaron: «Viajaremos contigo, pues no podríamos soportar tu ausencia.» Entonces las llevé conmigo y partimos todas juntas.

Pero antes de zarpar había cuidado yo de dividir mi dinero en dos partes; cogí la mitad, y la otra la escondí, diciéndome: «Es posible que nos ocurra alguna desgracia en el barco, y si logramos salvar la vida, al regresar, si es que regresamos, encontraremos aquí algo útil.»

Y viajamos día y noche; pero por desgracia, el capitán equivocó la ruta. La corriente nos llevó hasta un mar distinto por completo al que nos dirigíamos. Y nos impulsó un viento muy fuerte, que duró diez días. Entonces divisamos una ciudad en lontananza, y le preguntamos al capitán: «¿Cuál es el nombre de esa ciudad adonde vamos?» Y contestó: «¡Por Alah que no lo sé! Nunca la he visto, pues en mi vida había entrado en este mar. Pero, en fin, lo importante es que estamos por fortuna fuera de peligro. Ahora sólo os queda bajar á la ciudad y exponer vuestras mercancías. Y si podéis venderlas, os aconsejo que las vendáis.»

Una hora después volvió á acercársenos, y nos dijo: «¡Apresuraos á desembarcar, para ver en esa población las maravillas del Altísimo!»