¡Y me apasionaré por otra, ya que á otro le inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros no tendré yo la culpa, sino tú solamente!
Y al concluir estos versos, dijo al negro: «¡Córtala en dos mitades! ¡Ya no es nada mío!»
Cuando el negro dió un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo ya segura mi muerte, me confié á Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar á la vieja, que se arrojó á los pies del joven, se puso á besarlos, y le dijo: «¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo, á que perdones á esta criatura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti.» Y luego rompió á llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: «¡Basta! Gracias á ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida.»
Entonces ordenó algo á los negros, é inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillero me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda esperanza de sobrevivir á tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fué, dejándome tendida en el suelo, mandando á los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme después á mi antigua casa, á favor de la oscuridad. Y los esclavos lo hicieron así, llevándome á mi antigua casa, como les había ordenado su amo.
Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme, á causa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco á poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡Todos habéis visto sus huellas!
Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fuí víctima de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruído, lo mismo que la calle donde estuvo, desde el uno hasta el otro extremo. Y en el lugar de todas aquellas maravillas no había mas que montones de basura acumulados por las barreduras de la ciudad. Y á pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.
Entonces regresé al lado de Fahima, que seguía soltera, y ambas fuimos á visitar á Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida me dijo: «¡Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte. ¡Pero gracias á Alah, ambas vivimos aún! ¡Permanezcamos juntas desde ahora! ¡Y sobre todo, que no se pronuncie siquiera la palabra «matrimonio»!
Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de proveedora, y baja al zoco todos los días para comprar cuanto necesitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta á los que llaman y de recibir á nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, corre con el peso de la casa.
Y así hemos vivido muy á gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo al mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invitamos á descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik, que nos contaron sus historias, y en seguida vosotros, vestidos de mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído á tu poder, ¡oh Príncipe de los Creyentes!
¡Esta es mi historia!»