Entonces las mujeres se apoderaron á la fuerza del joven Hassán y lo llevaron con ellas al harén, en medio de la gran sala de fiestas. Y fué el único hombre que estuvo en el harén á despecho de la nariz del jorobado, que no pudo impedirlo. Allí se hallaban reunidas todas las damas de palacio, las esposas de los emires, visires y chambelanes. Y se alineaban en dos filas, sosteniendo cada una en la mano un gran cirio; y todas tenían la cara cubierta con el velillo de seda blanca, á causa de la presencia de aquellos dos hombres. Y Hassán y el jorobado pasaron por entre las dos hileras y fueron á sentarse en una tarima alta, teniendo que atravesar las dos filas de mujeres, que se prolongaban desde la sala de festejos hasta la cámara nupcial, de donde había de salir la novia para la boda.
Al ver á Hassán Badreddin y advertir su hermosura, sus encantos y su rostro luminoso cual la luna creciente, las mujeres se emocionaron hasta casi quedarse sin aliento y perder la razón. Y ardía cada cual en deseos de abrazar á aquel joven maravilloso, y traerle á su regazo, permaneciendo unidos un año, ó un mes, ó siquiera una hora, solamente el tiempo preciso para que la asaltase una vez y sentirlo dentro de ella.
Y en un momento dado, todas estas mujeres, no pudiendo resistir por más tiempo, se descubrieron el rostro, levantando el velillo. ¡Y se mostraron sin pudor, olvidando la presencia del jorobado! Y todas se acercaron á Hassán Badreddin para admirarle más de cerca y decirle palabras de amor, ó siquiera guiñarle un ojo para que pudiese comprender cuánto le deseaban. Y además las danzarinas y las cantoras ponderaban la generosidad de Hassán, alentando á las damas á que le sirviesen lo mejor posible. Y las damas decían: «¡Por Alah! ¡He aquí un hermoso joven! ¡Éste sí que puede dormir con Sett El-Hosn! ¡Nacieron el uno para el otro! ¡Confunda, pues, Alah á ese maldito jorobado!»
Y mientras las damas seguían alabando á Hassán y lanzando imprecaciones contra el jorobado, las tañedoras de instrumentos rompieron á tocar, se abrió la puerta de la cámara nupcial y la novia Sett El-Hosn entró en la sala de festejos rodeada de eunucos y doncellas.
Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, apareció en medio de su servidumbre, y brillaba como una hurí. Las otras, comparadas con ella, no eran mas que unos astros que formaran su cortejo, como las estrellas que rodean á la luna al salir de una nube. Se había perfumado con ámbar, almizcle y rosa, y su peinada cabellera brillaba bajo la seda que la cubría. Sus hombros admirables marcábanse á través de su traje suntuoso. Iba de un modo regio: entre otras galas, llevaba un vestido bordado de oro rojo, con dibujos de pájaros y flores. Y esto era el traje exterior, pues los interiores sólo Alah sería capaz de conocerlos y estimarlos en su verdadero mérito. En la garganta lucía un collar que suponía incalculables millares de dinares. Y cada una de sus piedras era de tal valor, que ningún mortal, ni el rey en persona, las había visto iguales.
En una palabra, Sett El-Hosn aparecía tan hermosa como la luna llena en la decimacuarta noche.
Y Hassán Badreddin seguía sentado entre el grupo de damas, causando la admiración de todas. Y la novia avanzó con un gracioso movimiento, dirigiéndose hacia el estrado. Entonces el jorobado se levantó y quiso besarla. Pero ella, horrorizada, lo rechazó y fué á colocarse rápidamente al lado del hermoso Hassán. ¡Y pensar que era su primo, y ella no lo sabía, lo mismo que él!
Y todas las damas se echaron á reir, principalmente cuando la novia se detuvo ante el hermoso Hassán, por el cual se sintió al instante abrasada en deseos, y exclamó, levantando al cielo las manos: «¡Alahumma! ¡Haz que este hermoso joven sea mi marido, y líbrame de ese palafrenero jorobado!»
Entonces, Hassán Badreddin, siguiendo las instrucciones del efrit, metió la mano en su bolsillo y la sacó llena de oro, echándoselo á puñados á las servidoras de Sett El-Hosn y á las cantoras y danzarinas, que exclamaron: «¡Ojalá poseas á la novia!» Y Badreddin correspondió con una gentil sonrisa á este deseo y á estas felicitaciones.
Y el jorobado se veía, durante esta escena, abandonado de todos, y hallábase solo, más feo que un mico. Y todas las personas que por casualidad se le acercaban, al pasar junto á él apagaban la vela en señal de burla. Y así permaneció algún tiempo, aburriéndose y poniéndose cada vez de peor humor. Y todas las damas se reían al mirarle, y le dirigían bromas escandalosas. Una le decía: «¡Mico, ya podrás masturbarte en seco y copular con el aire!» Otra le increpaba: «¡Mira! ¡Apenas abultas lo que el zib de nuestro buen amo! ¡Y tus dos jorobas son la medida exacta de sus compañones!» Y decía una tercera: «Si te diese un golpe con su zib, irías á caer de trasero en la cuadra.» Y todo el mundo se reía.