Entonces avanzó uno de los niños, y dijo: «Me llamo Nahib, mi madre se llama Nahiba y mi padre Izeddin.» Y otro dijo: «Yo me llamo Naguib, mi madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá.» Y el tercero y el cuarto y los otros se expresaron en la misma forma. Cuando le tocó el turno á Agib, dijo orgullosamente: «Yo soy Agib, mi madre se llama Sett El-Hosn y mi padre se llama Chamseddin, visir de Egipto.»
Pero todos los niños replicaron: «¡No, por Alah! ¡El visir no es tu padre!» Y Agib gritó enfurecido: «¡Alah os confunda! ¡El visir es mi padre!» Pero los niños comenzaron á reirse y á palmotear, y le volvieron la espalda, gritando: «¡Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre! ¡Chamseddin no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No jugarás con nosotros!» Y los niños se desbandaron, riendo á carcajadas.
Entonces Agib sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los sollozos. Y en seguida se le acercó el maestro, y le dijo: «Pero ¡cómo, Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le conoce. Porque el sultán había casado á Sett El-Hosn con un palafrenero jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por toda la ciudad que la noche de su boda los efrits le habían encerrado á él, para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha contado también historias asombrosas de búfalos, perros, borricos y otros seres semejantes. De modo, ¡oh mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé, pues, humilde ante Alah y con tus compañeros, que te miran como á hijo adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño vendido en el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe, pues, que el visir Chamseddin no es mas que tu abuelo, y que tu padre nadie lo conoce. Y en adelante procura ser modesto.»
Después de oir al maestro de escuela, Agib salió corriendo á casa de su madre Sett El-Hosn, llorando tanto, que no pudo al principio articular palabra. Entonces su madre empezó á consolarle, y viéndole tan conmovido, se le llenó el corazón de lástima, y le dijo: «¡Hijo mío, cuéntale á tu madre la causa de tu pena!» Y le besó y le acarició. Entonces el pequeño le dijo: «Dime, madre, ¿quién es mi padre?» Y Sett El-Hosn, muy asombrada, dijo: «¡Pues el visir!» Y, Agib le contestó, ahogado por el llanto: «¡No; ese no es mi padre! ¡No me ocultes la verdad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad, con este puñal me mataré ahora mismo.» Y Agib le repitió á su madre las palabras del maestro de escuela.
Entonces, al recordar á su primo y marido, la hermosa Sett El-Hosn recordó también su primera noche de bodas y la belleza y encantos del maravilloso Hassán Badreddin El-Bassrauí, y lloró muy emocionada, suspirando estas estrofas:
¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se ausentó hacia lo más distante de nuestra morada!
¡Mi pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y aguardándole, he perdido asimismo el sueño reparador y toda la paciencia!
¡Me abandonó, y con él me abandonó la dicha, arrebatándome la tranquilidad! ¡Y desde entonces perdí todo reposo!
¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al correr, sus arroyos llenan los mares;
Que no pasa un día sin que mi deseo me empuje hacia él y palpite mi corazón con el dolor de su ausencia;