Y precisamente aquella pastelería era la de Hassán Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano pastelero que adoptó á Hassán, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassán estaba ocupado en preparar un plato delicioso con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vió pararse á Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: «¡Oh mi joven señor! Acabas de conquistar mi corazón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti desde el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de probar mis dulces, sencillamente por piedad?» Y Hassán, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.
Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el corazón, y volviéndose hacia el esclavo, le dijo: «¡Said! Este pastelero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerle, y probemos lo que nos ofrece. Y si aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade á su vez de nosotros y haga que logren buen éxito las pesquisas para encontrar á mi padre.»
Pero Said, al oír á Agib, exclamó: «¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por Alah! ¡De ningún modo! No es propio del hijo de un visir entrar en una pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella. ¡Oh! ¡No puede ser! Si lo haces por temor á estas gentes que te siguen, y por eso quieres entrar en esa tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo alguno!»
Y Hassán Badreddin se afectó muchísimo al oir al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: «¡Oh eunuco! ¿Por qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi tienda? ¡Porque tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que aparezcas tan blanco por fuera como por dentro lo eres.» Entonces el buen eunuco se echó á reir á carcajadas, y exclamó: «¿Es de veras? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate á decírmelo!» En seguida Hassán le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:
¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!
¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza, que los ángeles del cielo bajan á su vez para servirle!
Estos versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassán, que el eunuco se conmovió y se sintió halagadísimo, hasta el punto de que, cogiendo de la mano á Agib, entró con él en la tienda.
Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró á hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras mondadas, perfumado todo deliciosamente y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido: «¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como provechoso!»
Agib, después de probar los primeros bocados, invitó á sentarse al pastelero, y le dijo: «Puedes quedarte con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos.» Y Hassán Badreddin se apresuró á replicar: «Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser querido?» Y Agib contestó: «¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! Porque mi abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca.» Y Agib, al recordar su desgracia, rompió á llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor, lloraba también. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfumada, dispuesta con tanto arte. Y comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.
Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.