En seguida el visir colocó con sus propias manos las ropas de Hassán donde éste las dejó: el turbante en la silla, el calzoncillo en el lecho, los calzones y el ropón en el diván, con la bolsa de los mil dinares y el contrato del judío, volviendo á coser en el turbante el pedazo de hule con los papeles que contenía.

Después recomendó á Sett El-Hosn que se vistiese como la primera noche, disponiéndose á recibir á su primo y esposo Hassán Badreddin, y que cuando éste entrase, le dijera: «¡Oh, cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Por Alah! Si estás indispuesto, ¿por qué no lo dices? ¿Acaso no soy tu esclava?» Y le recomendó también, aunque en realidad Sett El-Hosn no necesitaba esta advertencia, que se mostrase muy cariñosa con su primo y le hiciese pasar la noche lo más agradablemente posible.

Y luego el visir apuntó la fecha de este día bendito. Y fué al aposento donde estaba Hassán encerrado en el cajón. Lo mandó sacar mientras dormía, le desató las piernas, lo desnudó y no le dejó mas que una camisa fina y un gorro en la cabeza, lo mismo que la noche de la boda. Y después se escabulló, abriendo las puertas que conducían á la cámara nupcial, para que Hassán se despertase solo.

Y Hassán no tardó en despertarse, y atónito al verse casi desnudo en aquel corredor tan maravillosamente alumbrado, y que no se le hacia desconocido, dijo: «¡Por Alah! ¿estaré despierto ó soñando?»

Pasados los primeros instantes de sorpresa, se arriesgó á levantarse y mirar á través de una de las puertas que se abrían en el pasillo. Y al momento perdió la respiración. Acababa de reconocer la sala donde se había celebrado la fiesta en honor suyo y con tal detrimento para el jorobado. Y al mirar por la puerta que conducía á la cámara nupcial, vió su turbante encima de una silla y en el diván su ropón y sus calzones. Entonces, llena de sudor la frente, se dijo: «¿Estaré despierto? ¿Estaré soñando? ¿Estaré loco?» Y quiso avanzar, pero adelantaba un paso y retrocedía otro, limpiándose á cada momento la frente, bañada de un sudor frío. Y al fin exclamó: «¡Por Alah! No es posible dudarlo. ¡Esto es un sueño! Pero ¿no estaba yo amarrado y metido en un cajón? ¡No; esto no es un sueño!» Y así llegó hasta la entrada de la cámara nupcial, y cautelosamente avanzó la cabeza.

Y he aquí que Sett El-Hosn, tendida en el lecho, en toda su hermosura, levantó gentilmente una de las puntas del mosquitero de seda azul y dijo: «¡Oh dueño querido! ¡Cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Ven en seguida!»

Y entonces el pobre Hassán se echó á reir á carcajadas, como un tragador de haschich ó un fumador de opio, y gritaba: «¡Oh, qué sueño tan asombroso! ¡Qué sueño tan embrollado!» Y avanzó con infinitas precauciones, como si pisara serpientes, agarrando con una mano el faldón de la camisa y tentando en el aire con la otra, como un ciego ó como un borracho.

Después, sin poder resistir la emoción, se sentó en la alfombra y empezó á reflexionar profundamente. Y es el caso que veía allí mismo, delante de él, sus calzones tal como eran, abombados y con sus pliegues bien hechos, su turbante de Bassra, su ropón, y colgando, los cordones de la bolsa.

Y nuevamente le habló Sett El-Hosn desde el interior del lecho y le dijo: «¿Qué haces, mi querido? ¡Te veo perplejo y tembloroso! ¡Ah! ¡No estabas así al principio!»

Entonces, Badreddin, sin levantarse y apretándose la frente con las manos, empezó á abrir y á cerrar la boca, con una risa de loco, y al fin pudo decir: «¿Qué principio? ¿Y de qué noche? ¡Por Alah! ¡Si hace años y años que me ausenté!»