Y la discreta y sagaz Schahrazada, dirigiéndose al rey Schahriar, sultán de la India y de la China, prosiguió de este modo: «Pero no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea tan admirable como la que ahora te contaré si no estás cansado!» Y el rey Schahriar le preguntó: «¿Qué historia es esa?» Y Schahrazada dijo: «Es mucho más admirable que todas las otras.» Y el rey Schahriar preguntó: «Pero ¿cómo se llama?» Y ella dijo:

«Es la historia del sastre, el jorobado, el judío, el nazareno y el barbero de Bagdad.»

Entonces el rey exclamó: «¡Te lo concedo! ¡Puedes contarla!»

Historia del jorobado, con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas.

Entonces Schahrazada dijo al rey Schahriar:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando acostumbraba á salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían pasado fuera de casa, al regresar á ella, al anochecer, encontraron en el camino á un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reir al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron á pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de responder á esta oferta como era debido, uniéndose á ellos, y llegaron juntos á la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con que obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de halaua[11] para postre. Después volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron á comer.