Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos á comer de ese plato de rozbaja que hay en la mesa, he palidecido y me he dicho: «He aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares.» Y al empeñaros en que la comiera, me vi obligado por mi juramento á hacer lo que visteis.»

Entonces, ¡oh rey de los siglos!—dijo el intendente continuando la historia, mientras los demás circunstantes estaban escuchando—pregunté al joven mercader de Bagdad: «¿Y qué te ocurrió luego con tu esposa?» Y él me contestó:

«Cuando hice aquel juramento ante ella, se tranquilizó su corazón, y acabó por perdonarme. Entonces la cogí y me acosté con ella. Y ¡por Alah! recuperé bien el tiempo perdido y olvidé mis pesares. Y permanecimos unidos largo tiempo de aquel modo. Después ella me dijo: «Has de saber que nadie de la corte del califa sabe lo que ha pasado entre nosotros. Eres el único que logró introducirse en este palacio. Y has entrado gracias al apoyo de El-Sayedat[17] Zobeida.» Después me entregó diez mil dinares de oro, diciéndome: «Toma este dinero y ve á comprar una buena casa en que podamos vivir los dos.»

Entonces salí, y compré una casa magnífica. Y allí transporté las riquezas de mi esposa y cuantos regalos le habían hecho, los objetos preciosos, telas, muebles y demás cosas bellas. Y todo lo puse en aquella casa que había comprado. Y vivimos juntos hasta el límite de los placeres y de la expansión.

Pero al cabo de un año, por voluntad de Alah, murió mi mujer. Y no busqué otra esposa, pues quise viajar. Salí entonces de Bagdad, después de haber vendido todos mis bienes, y cogí todo mi dinero y emprendí el viaje, hasta que llegué á esta ciudad.»

Y tal es, ¡oh rey del tiempo!—prosiguió el intendente—la historia que me refirió el joven mercader de Bagdad. Entonces todos los invitados seguimos comiendo, y después nos fuimos.

Pero al salir me ocurrió la aventura con el jorobado. Y entonces sucedió lo que sucedió.

Esta es la historia. Estoy convencido de que es más sorprendente que nuestra aventura con el jorobado. ¡Uasalam![18].

Entonces dijo el rey de la China: «Pues te equivocas. No es más maravillosa que la aventura del jorobado. Porque la aventura del jorobado es mucho más sorprendente. Y por eso van á crucificaros á todos, desde el primero hasta el último.»

Pero en este momento avanzó el médico judío, besó la tierra entre las manos del sultán, y dijo: «¡Oh rey del tiempo! Te voy á contar una historia que es seguramente más extraordinaria que todo cuanto oíste, y que la misma aventura del jorobado.»