Y supe entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! las desventuras del pobre El-Aschar. Salí en su busca, y no descansé hasta encontrarlo. Lo traje á mi casa, donde le curé, y ahora le doy para que coma y beba durante el resto de sus días.

¡Tal es la historia de El-Aschar!

Pero la historia de mi sexto y último hermano, ¡oh Emir de los Creyentes! merece que la escuches antes de que me decida á descansar.»

«Se llama Schakalik ó el Tarro hendido, ¡oh Comendador de los Creyentes! Y á este hermano mío le cortaron los labios, y no sólo los labios, sino también el zib. Pero le cortaron los labios y el zib á consecuencia de circunstancias extremadamente asombrosas.

Porque Schakalik, mi sexto hermano, era el más pobre de todos nosotros, pues era verdaderamente pobre. Y no hablo de los cien dracmas de la herencia de nuestro padre, porque Schakalik, que nunca había visto tanto dinero junto, se comió los cien dracmas en una noche, acompañado de la gentuza más deplorable del barrio izquierdo de Bagdad.

No poseía, pues, ninguna de las vanidades de este mundo, y sólo vivía de las limosnas de la gente, que lo admitía en su casa por su divertida conversación y por sus chistosas ocurrencias.

Un día entre los días había salido Schakalik en busca de un poco de comida para su cuerpo extenuado por las privaciones, y vagando por las calles se encontró ante una magnífica casa, á la cual daba acceso un gran pórtico con varios peldaños. Y en estos peldaños y á la entrada había un número considerable de esclavos, sirvientes, oficiales y porteros. Y mi hermano Schakalik se aproximó á los que allí estaban y les preguntó de quién era tan maravilloso edificio. Y le contestaron: «Es propiedad de un hombre que figura entre los hijos de los reyes.»

Después se acercó á los porteros, que estaban sentados en un banco en el peldaño más alto, y les pidió limosna en el nombre de Alah. Y le respondieron: «¿Pero de dónde sales para ignorar que no tienes más que presentarte á nuestro amo para que te colme en seguida de sus dones?» Entonces mi hermano entró y franqueó el gran pórtico, atravesó un patio espacioso y un jardín poblado de árboles hermosísimos y de aves cantoras. Lo rodeaba una galería calada, con pavimento de mármol, y unos toldos le daban frescura durante las horas de calor. Mi hermano siguió andando y entró en la sala principal, cubierta de azulejos de colores verde, azul y oro, con flores y hojas entrelazadas. En medio de la sala había una hermosa fuente de mármol, con un surtidor de agua fresca, que caía con dulce murmullo. Una maravillosa estera de colores alfombraba la mitad del suelo, más alta que la otra mitad, y reclinado en unos almohadones de seda con bordados de oro se hallaba muy á gusto un hermoso jeique de larga barba blanca y de rostro iluminado por benévola sonrisa. Mi hermano se acercó, y dijo al anciano de la hermosa barba: «¡Sea la paz contigo!» Y el anciano, levantándose en seguida, contestó: «¡Y contigo la paz y la misericordia de Alah con sus bendiciones! ¿Qué deseas, ¡oh tú!?» Y mi hermano respondió: «¡Oh mi señor! sólo pedirte una limosna, pues estoy extenuado por el hambre y las privaciones.»

Y al oir estas palabras, exclamó el viejo jeique: «¡Por Alah! ¿Es posible que estando yo en esta ciudad se vea un ser humano en el estado de miseria en que te hallas? ¡Cosa es que realmente no puedo tolerar con paciencia!» Y mi hermano, levantando las dos manos al cielo, dijo: «¡Alah te otorgue su bendición! ¡Benditos sean tus generadores!» Y el jeique repuso: «Es de todo punto necesario que te quedes en esta casa, para compartir mi comida y gustar la sal en mi mesa.» Y mi hermano dijo: «Gracias te doy, ¡oh mi señor y dueño! Pues no podría estar más tiempo en ayunas, como no me muriese de hambre.» Entonces el viejo dió dos palmadas y ordenó á un esclavo que se presentó inmediatamente: «¡Trae en seguida el jarro y la palangana de plata, para que nos lavemos las manos!» Y dijo á mi hermano Schakalik: «¡Oh huésped! Acércate y lávate las manos.»