Y al ver esto, todos los presentes se lanzaron sobre mi hermano, gritando: «¡Impío, sacrílego, asesino!» Y la emprendieron con él á palos y á latigazos. Y los más encarnizados contra él y los que más cruelmente le pegaban eran sus parroquianos más antiguos y sus mejores amigos. Y el viejo jeique le dió tan violento puñetazo en un ojo, que se lo saltó sin remedio. Después cogieron el supuesto cadáver degollado, ataron á mi hermano El-Kuz, y todo el mundo, precedido del jeique, se presentó delante del ejecutor de la ley. Y el jeique le dijo: «¡Oh Emir! He aquí que te traemos, para que pague sus crímenes, á este hombre que desde hace mucho tiempo degüella á sus semejantes y vende su carne como si fuese de carnero. No tienes más que dictar sentencia y dar cumplimiento á la justicia de Alah, pues he aquí á todos los testigos.» Y esto fué todo lo que pasó. Porque el jeique de la blanca barba era un brujo que tenía el poder de aparentar cosas que no lo eran realmente.

En cuanto á mi hermano El-Kuz, por más que se defendió, no quiso oirle el juez, y lo sentenció á recibir quinientos palos. Y le confiscaron todos sus bienes y propiedades, no siendo poca su suerte con ser tan rico, pues de otro modo le habrían condenado á muerte sin remedio. Y además le condenaron á ser desterrado.

Y mi hermano, con un ojo menos, con la espalda llena de golpes y medio muerto, salió de Bagdad camino adelante y sin saber adónde dirigirse, hasta que llegó á una ciudad lejana, desconocida para él, y allí se detuvo, decidido á establecerse en aquella ciudad y ejercer el oficio de remendón, que apenas si necesita otro capital que unas manos hábiles.

Fijó, pues, su puesto en un esquinazo de dos calles, y se puso á trabajar para ganarse la vida. Pero un día que estaba poniendo una pieza nueva á una babucha vieja oyó relinchos de caballos y el estrépito de una carrera de jinetes. Y preguntó el motivo de aquel tumulto, y le dijeron: «Es el rey, que sale de caza con galgos, acompañado de toda la corte.» Entonces mi hermano El-Kuz dejó un momento la aguja y el martillo y se levantó para ver cómo pasaba la comitiva regia. Y mientras estaba de pie, meditando sobre su pasado y su presente y sobre las circunstancias que le habían convertido de famoso carnicero en el último de los remendones, pasó el rey al frente de su maravilloso séquito, y dió la casualidad de que la mirada del rey se fijase en el ojo huero de mi hermano El-Kuz. Y al verlo, el rey palideció, y dijo: «¡Guárdeme Alah de las desgracias de este día maldito y de mal agüero!» Y dió vuelta inmediatamente á las bridas de su yegua y desanduvo el camino, acompañado de su séquito y de sus soldados. Pero al mismo tiempo mandó á sus siervos que se apoderaran de mi hermano y le administrasen el consabido castigo. Y los esclavos, precipitándose sobre mi hermano El-Kuz, le dieron tan tremenda paliza, que lo dejaron por muerto en medio de la calle. Y cuando se marcharon se levantó El-Kuz y se volvió penosamente á su puesto, debajo del toldo que le resguardaba, y allí se echó completamente molido. Pero entonces pasó un individuo del séquito del rey que venía rezagado. Y mi hermano El-Kuz le rogó que se detuviese, le contó el trato que acababa de sufrir y le pidió que le dijera el motivo. El hombre se echó á reir á carcajadas, y le contestó: «Sabe, hermano, que nuestro rey no puede tolerar ningún tuerto, sobre todo si el tuerto lo es del ojo derecho. Porque cree que ha de traerle desgracia. Y siempre manda matar al tuerto sin remisión. Así es que me sorprende mucho que todavía estés vivo.»

Mi hermano no quiso oir más. Recogió sus herramientas, y aprovechando las pocas fuerzas que le quedaban, emprendió la fuga y no se detuvo hasta salir de la ciudad. Y siguió andando hasta llegar á otra población muy lejana que no tenía rey ni tirano.

Residió mucho tiempo en aquella ciudad, cuidando de no exhibirse; pero un día salió á respirar aire puro y darse un paseo. Y de pronto oyó detrás de él relinchar de caballos, y recordando su última desventura, escapó lo más aprisa que pudo, buscando un rincón en que esconderse, pero no lo encontró. Y delante de él vió una puerta, y empujó la puerta y se encontró en un pasillo largo y oscuro, y allí se escondió. Pero apenas se había ocultado aparecieron dos hombres, que se apoderaron de él, le encadenaron, y dijeron: «¡Loor á Alah, que ha permitido que te atrapásemos, enemigo de Alah y de los hombres! Tres días y tres noches llevamos buscándote sin descanso. Y nos has hecho pasar amarguras de muerte.» Pero mi hermano dijo: «¡Oh señores! ¿A quién os referís? ¿De qué órdenes habláis?» Y le contestaron: «¿No te ha bastado con haber reducido á la indigencia á todos tus amigos y al amo de esta casa? ¡Y aún nos querías asesinar! ¿Dónde está el cuchillo con que nos amenazabas ayer?»

Y se pusieron á registrarle, encontrándole el cuchillo con que cortaba el cuero para las suelas. Entonces lo arrojaron al suelo, y le iban á degollar, cuando mi hermano exclamó: «Escuchad, buena gente: no soy ni un ladrón ni un asesino, pero puedo contaros una historia sorprendente, y es mi propia historia. Y ellos, sin hacerle caso, le pisotearon, le golpearon y le destrozaron la ropa. Y al desgarrarle la ropa vieron en su espalda desnuda las cicatrices de los latigazos que había recibido en otro tiempo. Y exclamaron: «¡Oh miserable! He aquí unas cicatrices que prueban todos tus crímenes pasados.» Y en seguida lo llevaron á presencia del walí, y mi hermano, pensando en todas sus desdichas, se decía: «¡Oh cuán grandes serán mis pecados, cuando así los expío siendo inocente de cuanto me achacan! Pero no tengo más esperanza que en Alah el Altísimo.»

Y cuando estuvo en presencia del walí, el walí lo miró airadísimo y le dijo: «Miserable desvergonzado, los latigazos con que marcaron tu cuerpo son una prueba sobrada de todas tus anteriores y presentes fechorías.» Y dispuso que le dieran cien palos. Y después lo subieron y ataron á un camello y le pasearon por toda la ciudad, mientras el pregonero gritaba: «He aquí el castigo de quien se mete en casa ajena con intenciones criminales.»

Pero entonces supe todas estas desventuras de mi desgraciado hermano. Me dirigí en seguida en su busca, y lo encontré precisamente cuando lo bajaban desmayado del camello. Y entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! cumplí mi deber de traérmelo secretamente á Bagdad, y le he señalado una pensión para que coma y beba tranquilamente hasta el fin de sus días.

Tal es la historia del desdichado El-Kuz: En cuanto á mi quinto hermano, su aventura es aún más extraordinaria, y te probará ¡oh Príncipe de los Creyentes! que soy el más cuerdo y el más prudente de mis hermanos.»