Y allí permaneció Ghanem hasta que los vecinos salieron de sus casas. Y al verle echado en la esterilla y reducido al estado de sombra, empezaron á hacer mil suposiciones. Y mientras tanto, pasó uno de los jeiques entre los principales jeiques del zoco. Apartó la muchedumbre, se acercó al enfermo, y dijo: «¡Por Alah! Si este joven entra en el hospital, lo veo perdido por falta de cuidados. Lo voy á llevar á mi casa, y Alah me premiará en su Jardín de las Delicias.» Mandó, pues, á sus esclavos que cogieran al joven y lo llevasen á su casa, y él los acompañó. Y apenas llegaron, le preparó una buena cama, con magníficos colchones y una almohada muy limpia. Y luego llamó á su esposa, y le dijo: «He aquí un huésped que nos envía Alah. Lo vas á asistir con mucho cuidado.» Y ella respondió: «Le pondré sobre mi cabeza y mis ojos.» Y se arremangó, mandó calentar agua en el caldero grande, le lavó los pies, las manos y todo el cuerpo. Le vistió con ropas de su esposo, le llevó un vaso de sorbete y le roció la cara con agua de rosas. Entonces Ghanem empezó á respirar mejor y á recuperar las fuerzas poco á poco. Y con las fuerzas le acudió el recuerdo de su pasado y de su amiga Kuat Al-Kulub. Esto en cuanto á Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub.
En cuanto á Kuat Al-Kulub, el califa se encolerizó tanto contra ella...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, é interrumpió discretamente su relato.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 42.ª NOCHE
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa se encolerizó tanto contra Kuat Al-Kulub y la mandó encerrar en un cuarto oscuro bajo la vigilancia de una vieja, la favorita permaneció allí ochenta días, sin comunicarse con nadie. Y el califa la había olvidado por completo, cuando un día entre los días, al pasar cerca de donde estaba Kuat Al-Kulub, le oyó cantar tristemente algunos versos. Y oyó también que decía lo siguiente: «¡Qué alma tan hermosa la tuya, ¡oh Ghanem ben-Ayub! y qué corazón tan generoso! Fuiste noble para aquel que te oprimió. Respetaste la mujer de aquel que había de arrebatar las mujeres de tu casa. Salvaste del oprobio á la mujer de aquel que derramó la vergüenza sobre los tuyos y sobre ti. Pero ya llegará el día en que tú y el califa os veáis ante el Único Juez, el Único Justo, y saldrás victorioso de tu opresor, con la ayuda de Alah y con los ángeles por testigos.»
Al oir el califa estas palabras, comprendió lo que significaban estas quejas, sobre todo cuando nadie podía oirlas. Y se convenció de cuán injusto había sido con ella y con Ghanem. Se apresuró, pues, á volver á palacio, y encargó al jefe de los eunucos que fuese á buscar á Kuat Al-Kulub. Y Kuat Al-Kulub se presentó entre sus manos, y permaneció con la cabeza inclinada, arrasados los ojos en lágrimas y el corazón muy triste. Y el califa dijo: «¡Oh Kuat Al-Kulub! he oído que te dolías de mi injusticia. Has afirmado que obré mal con quien obró bien conmigo. ¿Quién ha respetado á mis mujeres mientras que yo perseguía á las suyas? ¿Quién ha protegido á mis mujeres mientras que yo deshonraba á las suyas?» Y Kuat Al-Kulub contestó: «Es Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub. Te juro, ¡oh mi señor! por tus mercedes y tus beneficios, que nunca intentó forzarme Ghanem, ni cometió conmigo nada que merezca censura. No hallarías en él ni el impudor ni la brutalidad.» Y convencido el califa, disipadas todas sus sospechas, dijo: «¡Qué desventura la de este error, oh Kuat Al-Kulub! ¡Verdaderamente, no hay sabiduría ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnisciente! Pídeme lo que quieras y satisfaré todos tus deseos.» Y Kuat Al-Kulub dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! si me lo permites, te pediré á Ghanem ben-Ayub.» Y el califa, á pesar de todo el amor que aún le inspiraba su favorita, le dijo: «Así se hará, si Alah lo quiere. Te lo prometo con toda la generosidad de un corazón que nunca se vuelve atrás de lo que ha ofrecido. Será colmado de honores.» Y Kuat Al-Kulub prosiguió: «¡Oh Emir de los Creyentes! te pido que cuando vuelva Ghanem le hagas don de mi persona, para ser su esposa.» Y el califa dijo: «Cuando vuelva Ghanem te concederé lo que pides, y serás su esposa y propiedad suya.» Y contestó Kuat Al-Kulub: «¡Oh Emir de los Creyentes! nadie sabe lo que ha sido de Ghanem, pues el mismo sultán de Damasco te ha dicho que ignoraba su paradero. Concédeme que lo pueda buscar yo, con la esperanza de que Alah me permitirá encontrarle.» Y el califa dijo: «Te autorizo para que hagas lo que te parezca.»
Y Kuat Al-Kulub, con el pecho dilatado de alegría y regocijado el corazón, se apresuró á salir de palacio, habiéndose provisto de mil dinares de oro.
Y recorrió aquel primer día toda la ciudad, visitando á los jeiques de los barrios y á los jefes de las calles. Pero les interrogó sin conseguir ningún resultado.