¡Cómo el partido radical puede olvidar este supremo sacrificio!
Pero llegan las primeras Córtes ordinarias de 1871. Por un olvido inesplicable—muy parecido al de la Regencia en 1810—el Sr. Ayala deja de convocar los comicios puerto-riqueños al propio tiempo que los de la Península y hace imposible que los diputados de la pequeña Antilla vengan á la primera legislatura. Cúpole al Sr. D. Rafael M. de Labra, diputado á la sazon por Infiesto—Asturias—la honra de volver por los fueros de la representacion nacional y por el derecho de los habitantes de Puerto-Rico, en su proposicion de 10 de Julio de 1871, proposicion que llevó por vez primera á la Cámara española los vastos problemas políticos de Cuba, Puerto-Rico y Filipinas.
Mas al cabo los diputados puerto-riqueños vinieron en Setiembre; esto es, en los instantes en que despues de rota la conciliacion y entronizado el partido radical, los progresistas templados y los hombres procedentes de la Union liberal se concertaban para dar una batalla al gabinete Zorrilla en la votacion de presidente del Congreso. Los catorce diputados de Puerto-Rico—el décimo quinto era un conservador—no titubearon un momento; á pesar de las muchas quejas que los más tenian de la administracion del general Baldrich en la isla y de no estar unidos con ningun vínculo personal ni político al partido radical.
Pero á él le llevaban sus ideas y sus patrioticas inspiraciones. Por esto si no pudieron estar con sus votos—todavía no habian sido aprobadas sus actas por el Congreso—al lado de Rivero, en la eleccion de presidente el 1.º de Octubre, con toda lealtad se pusieron en seguida de parte de los radicales caidos, ocupando los escaños de la izquierda, con Ruiz Zorrilla y resistiendo quizá, sin un momento de vacilacion, tentaciones que hombres menos enérgicos y menos dignos hubieran estimado, pues que por los contrarios solo se trataba de lograr de ellos la abstencion en los asuntos particulares de los dos partidos contendientes.
¡Podrá olvidar nunca esto el partido radical de la Península!
Corren los dias; marcánse las tendencias; llega la hora de la organizacion de los partidos; es el momento de la redaccion de los dos célebres manifiestos. El de los sagastinos—así se llamaba—sometia la cuestion de Puerto-Rico, como todas las de Ultramar á la cuestion de Cuba. Era un criterio claro y distinto. El radical, al principio corria silencioso sobre este punto; y así nunca lo hubiesen firmado ni los diputados puerto-riqueños ni otros de la Península como los Sres. Labra y Rodriguez (Gabriel). Pero sí lo hicieron desde el momento en que se introdujo en él un párrafo espresivo sobre Ultramar, tomado de la contestacion al Mensaje de cuatro ó seis meses hacia. Y así el partido radical tuvo 14 soldados más—y soldados de valer—para la campaña de oposicion; para abstenerse con él en la cuestion de la Internacional, para con él votar sobre la ley de las asociaciones religiosas.
Y llega la disolucion de aquellas Córtes y la convocatoria de las segundas. Al comité central del partido son llamados los representantes—Sres. Blanco, Alvarez Peralta y Sanromá—del partido radical de Puerto-Rico. Y de allí sale una escitacion á los liberales puerto-riqueños, llevando por bandera el manifiesto de 15 de Octubre de 1871, y los electores de Puerto-Rico son perseguidos y derrotados por radicales y como radicales envian á la oposicion del Congreso los representantes de que se ha hablado, que con el partido luchan y votan y hasta convienen en seguir al partido al retraimiento, aun cuando eran hostiles á la idea, reservándose, empero, acudir á las Córtes si los conservadores planteaban la cuestion de las reformas ultramarinas, prevaliéndose de su ausencia.
Y sobreviene el inesperado cambio del mes de Junio de 1872. Sube al poder el partido radical, y los radicales de Puerto-Rico alzan bandera, pidiendo no los goces del mando, no la reparticion del presupuesto, sí que el cumplimiento exacto de los compromisos del partido y de las promesas legales de 1869 y 1870.
IV.
Y esto así ¿se comprende, que los enemigos encarnizados del partido radical se atrevan á sostener uno y otro dia que el radicalismo no está obligado á intentar reforma alguna, ni política ni social en la isla de Puerto-Rico? ¡Pues se atreven! Y llegan á más: llegan á afirmar con una frescura y un aplomo piramidales que los compromisos del partido son de no tocar al statu quo en la pequeña Antilla mientras no se resuelva la cuestion en Cuba! Y no es lo sorprendente que esto se diga por ciertos periódicos y ciertos hombres políticos que están en frente del partido dominante y que sin embargo, presumen de tal habilidad y tal elocuencia que piensan han de seducir y envolver á los radicales; lo extraño, lo peregrino, lo maravilloso es que haya radicales que por un solo momento se detengan en estas afirmaciones y estos consejos.