aquesa Urraca Hernando.

¡Y cuán bien que las consuela

ese viejo Arias Gonzalo!

—¿Por qué lloráis, mis doncellas?

¿Por qué hacéis tan grande llanto?

No lloréis así, señoras,

que no es para llorallo;

que si un hijo me han muerto

aquí me quedaban cuatro;

no murió por las tabernas,