El Cid salió á recibirlo
antes de saltar en tierra,
y cuando lo viera el moro,
de verle delante tiembla.
Empezó á darle el recaudo,
y como á darlo no acierta
de turbado, el Cid le toma
la mano y así dijera:
—Bien venido seas, el moro,
bien venido á mi Valencia: