Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y díjele:

"Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor."

"¿Uña de vaca es?"

"Si, señor."

"Dígote que es el mejor bocado del mundo, que no hay faisán que ansí me sepa."

"Pues pruebe, señor, y verá qué tal está."

Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco y asentóseme al lado, y comienza a comer como aquel que lo había gana, royendo cada huesecillo de aquéllos mejor que un galgo suyo lo hiciera.

"Con almodrote -decía- es éste singular manjar."

"Con mejor salsa lo comes tú", respondí yo paso.

"Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado."