El Rey encendió un cigarrillo.

—¿Y bien, Sarto?—preguntó.

—No debe de ir—gruñó el veterano.

—Veamos, coronel; es decir que el señor Raséndil me haría un servicio si...

—Eso, eso; Vuestra Majestad puede darle la forma más cortés y diplomática que juzgue conveniente—dijo Sarto sacando del bolsillo una enorme pipa.

—¡Basta, señor!—exclamé dirigiéndome al Rey.—Hoy mismo saldré de Ruritania.

—¡Eso no!—exclamó el Rey.—Cenará usted conmigo esta noche, suceda después lo que quiera, ¡Voto a! como dice Sarto; no se encuentra uno de manos a boca con un pariente todos los días.

—Nuestra cena de esta noche será sobria—dijo Tarlein.

—No tal—repuso el Rey,—teniendo por convidado a nuestro primo. No por eso olvido que debemos partir mañana temprano, Tarlein.

—Tampoco lo olvido yo—dijo el coronel fumando gravemente,—pero siempre habrá tiempo de pensar en ello mañana.