—Ya he bebido bastante—dijo.

—No seré yo quien contradiga al Rey—asentí.

La verdad es que había bebido demasiado. Y entonces se presentó José y puso delante del Rey un venerable frasco, que, por su apariencia, debía de haber reposado largos años en obscuro sótano.

—Su Alteza el duque de Estrelsau me ordenó presentar este frasco al Rey cuando hubiese gustado ya otros vinos menos añejos, y suplicarle que lo bebiera en prenda del cariño que le profesa su hermano.

—¡Bravo, Miguel!—exclamó el Rey.—¡Destápalo pronto, José! ¿Pues qué se ha creído mi caro hermano? ¿Que me iba a asustar una botella más?

Destapado el frasco, José llenó el vaso del Rey. Apenas hubo probado el vino nos dirigió una mirada solemne, muy en consonancia con el estado en que se hallaba, y dijo:

—¡Caballeros, amigos míos, primo Rodolfo (¡cuidado que es escandalosa la historia esa, Rodolfo!), la mitad de Ruritania os pertenece desde este momento. ¡Pero no me pidáis una sola gota de este frasco divino, que vacío a la salud de... de ese taimado, del bribón de mi hermano, Miguel el Negro!

Y llevándose el frasco a los labios bebió hasta la última gota, lo lanzó después lejos de sí y apoyando los brazos en la mesa dejó caer sobre ellos la cabeza.

Bebimos una vez más a la salud del Rey y es todo lo que recuerdo de aquella noche. Que no es poco recordar.

IV