—¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!—agregó.
En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes de almorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa, acarició suavemente su mejilla, algo más encendida que de costumbre.
—¿Qué ocurre, querida mía?—le preguntó.
—Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo—dije como ofendido.
—¡Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya—admitió Rosa.
—Por regla general, aparece una vez en cada generación—dijo mi hermano.—Y lo mismo pasa con la nariz. Rodolfo ha heredado ambas cosas.
—Que por cierto me gustan mucho—dije levantándome y haciendo una reverencia ante el retrato de la condesa Amelia.
Mi cuñada lanzó una exclamación de impaciencia.
—Quisiera que quitases de ahí ese retrato, Roberto—dijo.
—¡Pero, querida!—exclamó mi hermano.