En medio de esa civilización relativa en que se encontraban los indios de Guatemala, al tiempo de la conquista, había sacrificios humanos y otras bárbaras costumbres, que reseñadas quedan en los capítulos anteriores. Nada extraño es que, así como en la culta Roma, iban las vestales mismas y las nobles doncellas á deleitarse al anfiteatro con escenas horribles, de sangre y de dolor, fuesen las indias americanas y los niños á presenciar, con unción, las impías farsas y cruentos holocaustos de sus idolátricos ritos.[116]
Eran muy dados nuestros indios, según se ha visto en el capítulo anterior, á los mitotes ó bailes de diversos géneros, siendo digno de mencionarse el que llamaban oxtum, y que lo hacían al són de los más ruidosos instrumentos de música, preparándose antes por algunos días, sin tocar mujeres, y tomando afrodisiacos. Durante el baile, érales lícito apoderarse de las hembras que les pluguiese escoger, para usos torpes y deshonestos.[117]
Los pipiles, en el Salvador, se contaban entre las naciones semicivilizadas, en el siglo XVI, cuando los españoles llegaron á estas tierras; pero nunca tuvieron rey, sino dos capitanes, electos por los sacerdotes, á quienes todos obedecían[118]. En realidad, esos pequeños jefes, dice Squier, más bien eran aliados, para fomentar y proteger los intereses generales[119].
Cuando los españoles llegaron á Nicaragua, se hallaba aquel territorio dividido en provincias, habitadas por tribus de distintas lenguas, acerca de las cuales habla Oviedo, refiriendo que eran gobernadas por ancianos electos por el pueblo.
Los chontales de Nicaragua eran muy incultos, y no les iban en zaga los talamancas, guaimies, chorotegas, y otros de la parte de Costa Rica, que casi han desaparecido.
Aunque ya se ha hablado detenidamente, en el capítulo III, de los sacerdotes, de los altares, y de los sacrificios que hacían á sus dioses, creo muy oportuno transcribir aquí lo que acerca de esos puntos, pudo observar el oidor de la Real Audiencia de Guatemala, D. Diego García del Palacio, á raíz de la conquista española, quien en su informe al rey, le dijo: "Allende del cacique y señor natural, tenían un Papa que llamaban Tecti, el cual se vestía de una ropa larga azul, y traía en la cabeza una diadema y á veces mitra, labrada de diferentes colores, y en los cabos de ella, un manojo de plumas muy buenas, de unos pájaros que hay en esta tierra, que llaman quetzales[120]; traía de ordinario un báculo en la mano, á manera de obispo, y á éste obedecían todos en lo que tocaba á las cosas espirituales. Después de éste, tenía el segundo lugar en el sacerdocio otro que llamaban el Tehua-Matlini, que era el mayor hechicero y letrado en sus libros y artes, y el que declaraba los agüeros y hacía sus pronósticos. Había, allende de estos, cuatro sacerdotes que llamaban Teupixqui, vestidos de diferentes colores y de ropas hasta los piés, y eran negros, colorados, verdes y amarillos, y éstos eran los del consejo de las cosas de sus ceremonias, y los que asistían á todas las supersticiones y boberías de su gentilidad. Había también un mayordomo, que tenía cuidado de guardar las joyas y preseas de sus sacrificios, y el que abría y sacaba los corazones á los sacrificados, y hacía las demás cosas personales que eran necesarias. Sin los dichos había otros, que tenían trompetas é instrumentos de su gentilidad, para conocer y llamar la gente á los sacrificios que habían de hacer."
No hubo, según afirma Bernal Díez del Castillo (cap. 172) al tiempo de la conquista, ningún camino de Méjico para estos pueblos de Centro América, sino estrechísimas veredas, que en muchos lugares se cerraban. Eran independientes de Moctezuma los poderosos monarcas del Quiché, Guatemala y Atitlán. La corte de los mames, ó sea Huehuetenango, hallóse desierta y asolada, á la sazón que Gonzalo de Alvarado llegó á conquistarlos y á batir la espléndida fortaleza de Socaleo, en la cual murieron mil ochocientos indios. Era aquella ciudad muy rica y populosa; pero la más grande, opulenta y digna de atención fué la historica Utatlán, que ha sido ya descrita en el capítulo II. Xelahú, que hoy es Quezaltenango, estaba gobernada por diez capitanes, y tenía más de trescientos mil habitantes. Además, era famosa la ciudad de Chemequeñá, que quiere decir sobre el agua caliente, y hoy es el pueblo de Totonicapam, perteneciente al señorío quiché, que pudo poner á disposición de Tecum-Umán noventa mil combatientes. La ciudad de Quiriguá es monumental, y de ella hizo una descripción muy notable Mr. Maudslay, viajero inglés, que visitó nuestro suelo[121]. Estando en Guatemala aquel anticuario, supo por mi amigo Don Eduardo Rockstroh, haber otra ciudad inexplorada, que muy á la ligera había visto en sus excursiones. Situada en un recodo del río Usumacinta, en un paraje en que los violentos raudales impiden la navegación y donde vienen á coincidir los límites de Tabasco, Chiapas, Petén, y Huehuetenango, pasada la Sierra Madre, se encuentra apartada de todo tránsito, aunque próxima al pueblo de Tenosique y á las ruinas de Palenque. Llamaban al referido lugar Manché, ó ciudad del Usumacinta, contándose maravillas de los monumentos.
Entre los cakchiqueles fueron célebres las ciudades de Patinamit ó Tecpán Guatemala, y Mixco, con fortificaciones excelentes y gran cultura y adelanto. En el señorío Zutujil se admira la famosa corte de Atitlán, entre riscos escarpados á la orilla del lago más pintoresco del mundo. Cuando los españoles lograron sojuzgar aquel belicoso pueblo, era muy crecido el número de habitantes, de espíritu altivo y genio indomable. Hernán Cortés en una de sus cartas al emperador Carlos V, refiere haber visto en Guatemala templos como los de Méjico. El sacrificatorio de Tohil, en Utatlán, era un grandioso edificio cónico, con una gradería al frente. En la cúspide tenía una planicie colosal, con una alta capilla de piedra tallada y techo de preciosas maderas. Las paredes eran de fino estuco, y sobre un trono de oro y piedras preciosas estaba colocada la imagen del dios[122]. De las ruinas de las grandes construcciones del Quiché se han sacado cimientos para casi todas las casas de la población actual y materiales para construir la iglesia que es grande y parte de los edificios públicos que hoy existen.
La poderosa monarquía de Utatlán se hallaba, á la venida de los españoles, en el colmo de su prosperidad y grandeza. Extensa de suyo, rica en tierras y cultura, señora ya de muchos pueblos circunvecinos, que habían sucumbido á la ambición de Kicab Tanub, quería subyugar, en guerra sangrienta, á los zutujiles y á los mames, para ser la dueña del más bello territorio que se extiende entre ambos mares y en el centro del mundo. Estaba la nación Quiché, en su mayor auge, como la Roma de los Césares en víspera de la caída del imperio, cuando vino á realizarse de súbito aquel vago presentimiento que aterraba á la raza indígena; aquella siniestra idea de que alguna vez sería sierva de valerosos conquistadores; y el fantasma sombrío, que mostró con aterida mano las oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro de las vírgenes cakchiqueles. En vano Kicab Tanub imploró auxilio del valeroso Sinacam, rey de Guatemala, quien se declaró amigo de los teules (españoles). El presuntuoso monarca zutujil contestó al requerimiento del quiché, que él solo y sin ayuda, se daría traza de defender sus dominios de menos hambrientos y más numerosos ejércitos que aquel de los extranjeros que marchaba contra Utatlán.
No bastaron á los valientes quichés ni sus numerosísimos ejércitos, que llegaron á doscientos treinta y dos mil infantes; ni sus ardides y celadas; ni su bélico ardor, al ver muerto á su rey en el campo de batalla; ni el recuerdo glorioso de las hazañas de sus progenitores; ni el haber dejado, con su sangre, teñido el rio Xequijel..... Tuvieron que sucumbir, como buenos, al rudo golpe del destino, y el sagrado quetzal dejó de serles propicio.