LIBRO SEGUNDO

SUMARIO

De 1610 á 1621.—Expulsión de los moriscos, sus principios y sus fines.—Guerra contra los infieles.—Francia: proyectos y muerte de Enrique IV.—Alemania: campaña de Spínola en el país de Julliers.—Italia: humillación del duque de Saboya, tramas de éste y de Venecia, sucesión del Monferrato, guerra con Saboya, batalla de Asti, Oneglia, tratado de Asti, batalla de Apertola, sitio de Vercelli, derrota de D. Sancho de Luna, Lesdiguières y el marqués de Villafranca, el duque de Osuna y el marqués de Bedmar, empresas de Osuna, los Uscoques, Venecia, combate naval en Gravosa, paz de Pavía, falsa conjuración y desgracia de Osuna.—España: últimos años de la privanza de Lerma, Calderón, Uceda, el P. Aliaga, el conde de Lemus, D. Francisco de Borja, caída del privado.—Guerra marítima: principio de la guerra de los treinta años, batalla de Praga.—Muerte de Felipe III.—Estado en que dejó la Monarquía.

Las treguas con Holanda, vituperadas ó alabadas, ofrecieron al fin á España el descanso de que tanta necesidad tenía: grande ocasión para aprovecharla en aliviar la Hacienda pública, y en comenzar la obra de reparación y regeneración indispensable, si había de contenerse la decadencia del reino. No se emplearon en esto ciertamente los días de tregua. El duque de Lerma continuaba por entonces disfrutando sin contradicción del favor regio, y aumentaba su fausto y crecían para sostenerlo sus cohechos. Daba soberbios banquetes, y celebraba en fiestas públicas costosísimas los sucesos alegres de su familia, ni más ni menos que se suelen celebrar los de las familias reales. El Rey seguía orando, y él trabajando, sin saberlo acaso, por impericia ó ambición en la ruina total del país. Ayudábale aquel don Rodrigo Calderón, su privado; hombre de no escaso talento y astucia, pero más fastuoso y codicioso aun que él, y que más adelante mostró peores mañas y cualidades. Este, que era su confidente y consejero, ha de ser mirado en todo como su cómplice.

Fué poco después de las treguas cuando se verificó el suceso más desgraciado que hubiera presenciado España en muchos siglos. Corría aún el año de 1609, y oíase gran rumor de armas en la Península, que parecía desusado por la ocasión, puesto que no se hallaba enemigo en nuestras fronteras. Carlos Doria, duque de Tursis, y el marqués de Santa Cruz, nieto el uno del famoso Andrea, hijo el otro del grande Almirante de Felipe II, y Villafranca, Fajardo y D. Octavio de Aragón, inclinaron las proas de sus naves al mar de España. Los tercios viejos de Italia dejaron apresuradamente sus costas. Tomáronse en lo interior grandes precauciones militares, en especial por la parte de Granada y Valencia. Formáronse ejércitos, nombráronse generales, y no parecía sino que alguna invasión temible ó insurrección sangrienta iba á encender en armas la Península. Y, sin embargo, todo estaba al parecer en paz.

Era que uno de los males más profundos de la Monarquía, nacido de su propia constitución, y desconocido ó mal curado los años anteriores, acababa de cegar los ojos de nuestros políticos, tratando de acudir al reparo. Los moriscos que habitaban principalmente las costas orientales y meridionales de la Península no cesaban de mantener inteligencias con sus vecinos marroquíes y argelinos, y aun con el mismo Sultán de los turcos. Tratados con rigor sobrado y notable injusticia, antes habían aumentado que no disminuído los años el antiguo rencor á nuestra raza. Después de pacificados por fuerza de armas, el odio había ido en aumento cada día. No se devolvieron á los de Granada los bienes confiscados durante la rebelión, ni siquiera á los que, lejos de la guerra, habían sido encausados y desterrados solamente por precaución y sospechas. Mantúvose en muchos el destierro que comenzaron á padecer entonces, y la Inquisición redobló sus persecuciones contra todos ellos, mirándolos con más prevención y con menos piedad que nunca. Huyeron algunos de los moriscos á tierras extranjeras por no soportar tales rigores; pero lo general de la raza oprimida, no pudiendo huir, comenzó á tramar conspiraciones contra el Estado, poniéndose en comunicación y tratos con varios príncipes enemigos nuestros, y principalmente con Enrique IV de Francia, á quien llegaron á ofrecer, según se dijo, que seguirían bajo su dominio la religión protestante, con tal de no ser católicos en España.