Llevábamos un rato caminando a la ventura, sin que surgiesen nuevas presas para aquella infeliz poseída del demonio; en el reloj de la catedral sonaron las campanadas de la media noche, y yo pensé: «¡Bah! Se acabó. Los soldados están ya recogidos, y esta buena señora tendrá que acostarse con el amante de las patas de chivo...» Cuando gran estrépito de espuelas y sables, arrastrados sobre los guijarros de la calle, anunciaron la llegada de dos nuevos guerreros. Eran dos mocetones altos y fornidos; venían enteramente borrachos, los cascos ladeados y los blancos mantos barriendo las inmundicias del arroyo. No se amilanó la prójima, sino que, yendo a su encuentro, les abordó resueltamente. Primero, oí risotadas y juramentos, palabras soeces, burlas; luego, parecieron rechazarla; pero ella volvió a la carga; hubo algo como un conciliábulo, y sonó tintineo de dinero que contaba. ¡Dinero! ¡Le daban dinero! Y el asombro ahuyentó la prudencia, y, procurando ocultarme en la sombra, di algunos pasos hacia el grupo. ¡Era ella, ella, con su miserable pelaje, la que les mostraba monedas de oro! Desconcertado por el encuentro con aquella extraña compradora de amor, permanecí un instante perplejo. Cuando volví a mirar, uno de los soldados se inclinaba y la besaba en los labios. Después, parecía implorar algo; ella se negaba tercamente y él insistía, y, al parecer, en son de broma, intentaba apoderarse de su bolsa. Ella resistía, negándose con firme obstinación, y poco a poco las bromas se tornaron en veras, y a las risas sucedieron las amenazas. La vieja resistía siempre; exasperado el soldado, tiró la capa al suelo y forcejeó. Ella, no dándose por vencida, resistía con bravura. Súbitamente, en el silencio de la noche, resonó un juramento, y el ladrón, cogiéndola brutalmente, intentó arrancarle por fuerza su tesoro. Entonces ella, en gesto rápido de alimaña nocturna, mordió la mano que le oprimía. El agresor dio un grito, soltó su presa, retrocedió un paso, y luego, ciego de ira, embravecido por el castigo, cayó sobre ella y, arrojándola al suelo, comenzó a golpearla bárbaramente. Después, alzose lleno de sangre, y borracho de ira, pisoteó aún a la caída. Luego cogieron el dinero y, súbitamente despejados, huyeron los dos.

Petrificado de horror, incapaz de gritar ni de acudir en defensa de la infeliz, había yo sido mudo espectador de la terrible escena. Al fin, me aproximé a la víctima, que yacía inmóvil en el suelo. Sobre un charco de sangre descansaba la cabeza, convertida en informe montón de sanguinolentos despojos. Las espuelas habían desgarrado las carnes, arrancado los ojos, taladrado las mejillas, y las gruesas botas de montar habían machacado los huesos.

Erizado el cabello, la frente bañada en helado sudor, me alcé del suelo y pensé en llamar. Entonces la idea de mi responsabilidad se me presentó claramente. Y si me encontraban allí, junto al macerado cadáver, ¿qué explicación dar? ¿Cómo contar la extraña aventura? ¿Me creerían?

Sonaron los pasos de una ronda nocturna, y maquinalmente eché a correr.

I

Cuando despierto por la mañana, después de un sueño agitadísimo, entreverado de horrorosas pesadillas, y sentado en la cama, la bandeja del desayuno al lado, pasé los ojos por los periódicos matinales, tuve un momento de estupor. ¡La princesa Elvira había muerto! Una angina de pecho había matado a la santa princesa, gloria de la casa imperial, consuelo de desvalidos, espejo de cristianas virtudes. Los periódicos, todos los periódicos, imperialistas o republicanos, liberales o moderados, lloraban aquella desgracia, y volcaban sobre el cadáver la avalancha de sus convencionales flores de trapo. Y otra vez surgían los retratos, los fantásticos retratos, hechos en las salas de los hospitales de epidemias y en los campos de batalla. ¿Artificiosos? ¿Teatrales? No. Había en el rostro de la santa una tensión tan dolorosa, tanta dulzura en sus ojos de Madona, que era imposible que no fuese sino afectación. ¡Y, sin embargo, aquella sonrisa, o mejor, aquella equívoca mueca de Gioconda! ¡Ah, el inquietante misterio de aquella sonrisa! Volví a examinar los retratos. En una fotografía, la princesa Elvira, sentada junto al lecho de un colérico, le oprimía la mano, mientras, los ojos en alto, parecía rezar; en otra, arrodillada en los campos de Orsova, sin importarle las balas que silbaban en derredor suyo, sostenía a un pobre soldado moribundo, mientras le envolvía en una mirada llena de maternal dulzura; en otra aún, curaba con sus manos, manos admirables, manos de Santa y de Reina, manos de Santa Isabel de Hungría, a un pobre leproso. ¡Y la sonrisa estaba allí, en el campo de batalla y en la cabecera del lecho de los agonizantes; allí siempre, misteriosa e inquietante!

Por tercera o cuarta vez llamé al timbre. Al fin abriose la puerta y, todo azorado, se presentó el criado del hotel. Era preciso que perdonase. El Exelsior estaba en revolución. Habían expuesto al público el cadáver de la princesa Elvira en la catedral, y todo el mundo quería verlo.

Yo también sentí la comezón de contemplar a la mujer cuyo enigma me inquietaba, sin saber por qué, y saltando del lecho, comencé a vestirme.

III

Hacía mucho frío. Un cielo muy bajo, plomizo, en que se apelotonaban grandes nubarrones parduzcos, pesaba como un sudario sobre la ciudad. Una neblina, húmeda y glacial, envolvía las cosas; la nieve, mancillada por millares de pisadas, se desleía sucia, negruzca, y sobre aquella escenografía melancólica, inmensa avalancha de gentes caminaba presurosa hacia la Gran Plaza, llevando en la mano flores, guirnaldas, coronas, lazos, homenajes del humano dolor a la santa muerta. Todos caminaban enlutados, con aspecto de profunda tristeza; en algunos ojos había lágrimas, y en todos los labios una palabra de sentimiento. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto, y en la tristeza inmensa del ambiente su son era aún más angustioso.