Esteban, derrengado en la butaca, no parecía prestar valor a las palabras de su querida. Ni aún removía siquiera, y hasta parecía haberse dormido.

Filomena seguía:

—¡Qué asco!... ¡Dios los cría!...

Extrañada por la silenciosa indiferencia que oponía el muchacho a sus apóstrofes, miró disimuladamente con el rabillo del ojo. ¡No faltaba más! ¡Estaba bonito aquello! ¡Se había dormido! ¡Ella desgañitándose, y el señor tan fresco!

Furiosa, abandonó sus cuidados capilares, y dando algunos pasos, plantose ante su amigo, y allí permaneció en actitud expectante, entre asombrada y rabiosa.

Esteban dormía con el pesado sueño de los beodos. El rostro desvastado, terroso; los ojos hundidos en anchos cercos plomizos; los labios secos y la frente cubierta de sudor, era aquello, más que descanso reparador, plúmbea modorra.

Filomena no pudo contenerse más, y con el pie, como se hace para despertar a un bichejo que nos repugna, empujó al durmiente. El abrió los ojos, fijando en ella unas pupilas turbias, que permanecían lejanas, estúpidas, ayunas de toda luz de inteligencia, como si no se diesen cuenta del lugar donde estaban ni de la personalidad de su interlocutor.

Le apostrofó vehemente:

—¿Te parece bien esto? ¿Tú crees que es decente?... ¡Ja ja,—rió sarcástica.—¡Qué cara de idiota!—Y bajando el tono y hablando con reconcentrado furor:—¿Pero tú te has creído que yo soy una de esas pirujas amigas tuyas, una de esas tiorras que estaban en el Real contigo?—Y siguió con creciente saña:—¿Tú te has figurado que voy a aguantarte esto, yo, yo, Filomena Roldán de Undaneta; yo, la condesa de Quintalvo? ¡Ja, ja!—tornó a reír. Luego, cruel, segura de herir en lo vivo, añadió:—¡Tú te has creído que todas somos ese pendoncillo de Constantina Gil!

Un relámpago de ira y con él un fulgor de inteligencia, pasó por los ojos del borracho al oír aquel nombre; pero pronto apagose, y una inexpresión de imbecilidad absoluta enseñoreose nuevamente del rostro. Había vuelto a cerrar los párpados y sumiose otra vez en el sopor de que por breves instantes arrancáranle los furiosos apóstrofes de la irritada dama.