Pero la otra acababa de ver deslizarse por las pupilas, tras los vahos de alcohol, una llamarada de ira, y sintió la necesidad perversa de azuzar a la fiera:
—¡Jesús! ¡Que no toquen a Constantina, que se rompe! ¡Haces bien, hijo, haces bien, porque la verdad que es una santa de mírame y no me toques!—Y como él, despejado a medias por la indignación, la mirase casi amenazador, insistió:—¡No sé por qué me miras así! ¡Ni que fuese alguna novedad! ¡Todo el mundo está harto de saber que Constantina Gil es una perdida!
Libre como por ensalmo de la torpeza, púsose en pie y, cogiéndola por un brazo, conminola a callar:
—¡Cállate!
Forcejeó ella:
—¡Ja, ja! ¡Pégame, anda! ¡Era lo único que te faltaba! ¡Aunque me mates, no me cansaré de decir que tú eres un chulo y ella una golfa!
Sombrío, amenazador, murmuró:
—¡Te prohíbo que la nombres! Sólo con nombrarla la manchas.
—¡Ja, ja!—rió otra vez, procaz, Filomena—. ¡Si sois el uno para el otro! ¡Un chulo y una golfa!
La ira le cegó, quitándole toda noción de decoro y delicadeza. Como un villano cayó sobre ella, y comenzó a vapulearla. Fue una escena bárbara, cruel y repugnante: la hembra, caída en el suelo, mordía, arañaba, pateaba, repelía la agresión con las uñas y con los dientes; él, golpeaba cruel, despiadado, borracho ahora de bestialidad. Al fin dominose y, desplomándose en una butaquita, ocultó la cabeza entre las manos con desesperada saña.