Sorda ira hervía en ella contra el indiscreto que, por dos veces, rompía la inefable sensación de melancólica dulzura que la embriagaba como el aroma demasiado intenso de una flor venenosa. Por vez primera, desde hacía muchos días, hallábase bien así: no deseaba nada ni esperaba nada, en un nirvana voluptuoso y triste. Doblada sobre el barandal, con abandono casi absoluto, dejaba colgar sus manos de marfil, largas y finas, raramente enjoyadas, a la caricia de la brisa nocturna, y entregábase en cuerpo y alma a la sensual dulzura que subía de la tierra húmeda:
—¿Ves cómo ya no me quieres?—gimió él.
—¡Calla!—Ahora fue brusca e imperativa. Habíase incorporado súbitamente, y sus ojos azules, en que brillaba una claridad perversa, hecha de lascivia y de crueldad, la luz que debió de fosforecer en los ojos de las emperatrices ante los cristianos arrojados a las fieras, seguían un drama lejano.
En la callejuela lóbrega, situada al otro lado de los muros del jardín, desarrollábase una escena de barbarie callejera. Una mujer de las que hacen profesión de sus encantos, hablaba con un chulo, un tipo fuerte y arrogante de macho. Poco a poco, los gestos, en un comienzo untuosos, tiernos, acariciadores, fueron tornándose sobrios primero, bruscos luego, amenazadores después, violentos al fin. Estalló la bronca. El, violento, airado, había cogido a la infeliz por el mantón y zarandeábala. Luego siguió una pausa, en que tornaron a hablar unos instantes. Pero ella debía haberse negado a algo muy transcendental, por cuanto el galán comenzó a darla golpes. Eran unos golpes crueles, dirigidos a la parte más delicada de la infeliz: al rostro, al pecho, al vientre; eran unos golpes violentísimos, mal intencionados, feroces. En el claroscuro que formaban los cuadros reflejados por las puertas de las buñolerías en las sombras del callejón, la escena tenía una ferocidad cruel, que ponía un escalofrío en las espaldas.
Filomena, inclinada sobre el barandal, las manos crispadas, los labios secos, jadeante el pecho y los ojos dilatados, seguía la escena con un interés de pesadilla.
La mujer, por fin, cayó al suelo, y allí el bárbaro coceola a mansalva. Al fin la abandonó y, lentamente, comenzó a alejarse. Sucedió entonces algo extraño, absurdo; la hembra alzose trabajosamente y corrió tras él. Colgose suplicante, mimosa, de su brazo, y como él la rechazase aún, siguiole humildemente como un can.
Un velo se rasgó en el espíritu de la Quintalvo, y a la luz lívida de los cafetines, bajo el maleficio de la luna, sintió el terror de la revelación: ¡Ella, Filomena Roldán de Undaneta, condesa de Quintalvo, tenía un alma de prostituta!
III
Temblando de frío y de miedo, detúvose junto a la puertecilla del jardín. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué en vez de permanecer en el suave abrigo de la alcoba, cálida y blanda como un nido de amor, disponíase a correr las callejuelas de los suburbios bajo el velo glacial de la lluvia, como una ramera? ¿Por qué ella, tan frágil, tan delicada, tan quebradiza, lanzábase así en la noche cómplice al encuentro de lo ignorado? Todos sus esfuerzos eran inútiles; algo más fuerte que su voluntad le arrastraba hacia aquella cosa misteriosa y terrible que vivía en el fondo del misterio. Desde que una noche nefasta la trágica revelación se hizo en su vida, sentíase arrastrada por la resaca a no sé qué ignorados abismos. Era inútil que ella, lectora de Platón y de Descartes, familiarizada con Schopenhauer y Nietzche; ella, tortuosa y erudita como una de aquellas marquesas de Versalles que representaban farsas ante el Rey, flirteaban con Monseñor el Cardenal de Rohan y eran amigas de Juan Jacobo y de Voltaire, tratara de sonreír y fuese escéptica hasta en la liviandad. Algo terrible, monstruoso, fatal, alzábase en su vida, y toda la amable frivolidad, hecha de amor y de filosofía, descorríase como bambalinas de un teatro, y quedaba la aridez horrible de yermo, de una vida desvastada por la lujuria, en cuyo fondo brillaba, como único faro, el misticismo. A él había vuelto los ojos angustiados, pero también fue estéril. ¡Era pronto aún! Ante la cruz, el macho cabrío danzaba lúbrico y burlón, y el signo redentor no era sino un ensueño remoto, mientras los pecados, como enfurecidas avispas, clavaban los aguijones en su carne. Todos los días el hambre insaciable de los poseídos le arrancaba del lecho y le arrojaba al través de la noche.
Abrió la puerta y, recatándose en la sombra, salió a la calle. Después comenzó a caminar en busca de lo desconocido.