"Que no venian á disputar, sino á obedecer, y que tratarian luego de abarracarse fuera de la poblacion en parage donde pudiesen acudir prontamente á la defensa de sus amigos, ya que se querian aventurar contra toda razon, fiándose de aquellos traydores."
Comunicóse luego este partido con los de Cholúla, y le abrazaron tambien con facilidad, quedando ambas naciones no solo satisfechas, sino con algun género de vanidad, hecha de su misma oposicion: los unos, porque se persuadieron á que vencian, dexando poco ayrosos y desacomodados á sus enemigos; y los otros, porque se dieron á entender que el no admitirlos en su ciudad era lo mismo que temerlos. Así equivoca la imaginacion de los hombres la esencia y el color de las cosas, que ordinariamente se estiman como se aprenden, y se aprenden como se desean.
CAPITULO VI.
Entran los Españoles en Cholúla, donde procuran engañarlos con hacerles en lo exterior buena acogida: descubrese la traycion que tenian prevenida, y se dispone su castigo.
La entrada que los Españoles hicieron en Cholúla fué semejante á la de Tlascála: innumerable concurso de gente, que se dexaba romper con dificultad: aclamaciones de bullicio: mugeres que arrojaban y repartian ramilletes de flores: Caciques y sacerdotes que freqüentaban reverencias y perfumes: variedad de instrumentos, que hacian mas estruendo que música, repartidos por las calles: y tan bien imitado en todos el regocijo, que llegaron á tenerle por verdadero los mismos que venian rezelosos. Era la ciudad de tan hermosa vista, que la comparaban á nuestra Valladolid, situada en un llano desahogado por todas partes del horizonte, y de grande amenidad: dicen que tendria veinte mil vecinos dentro de sus muros, y que pasaria de este número la poblacion de sus arrabales. Freqüentabanla ordinariamente muchos forasteros, parte como santuario de sus Dioses, y parte como emporio de su mercancía. Las calles eran anchas y bien distribuidas: los edificios mayores y de mejor arquitectura que los de Tlascála, cuya opulencia se hacia mas suntuosa con las torres, que daban á conocer la multitud de sus templos. La gente ménos belicosa que sagaz: hombres de trato, y oficiales: poca distincion, y mucho pueblo.
El alojamiento que tenian prevenido se componia de dos ó tres casas grandes y contiguas, donde cupieron Españoles y Zempoales, y pudieron fortificarse unos y otros, como lo aconsejaba la ocasion, y no lo estrañaba la costumbre. Los Tlascaltécas eligieron sitio para su quartel poco distante de la poblacion; y cerrándole con algunos reparos, hacian sus guardias, y ponian sus centinelas, mejorada ya su milicia con la imitacion de sus amigos. Los primeros tres ó quatro dias fué todo quietud y buen pasage.
Los Caciques acudian con puntualidad al obsequio de Cortés, y procuraban familiarizarse con sus Capitanes. La provision de las vituallas corria con abundancia y liberalidad, y todas las demostraciones eran favorables, y convidaban á la seguridad; tanto, que se llegaron á tener por falsos y ligeramente creidos los rumores antecedentes: fácil á todas horas en fabricar ó fingir sus alivios el cuidado. Pero no tardó mucho en manifestarse la verdad; ni aquella gente acertó á durar en su artificio hasta lograr sus intentos: astuta por naturaleza y profesion; pero no tan despierta y avisada, que se supiesen entender su habilidad y su malicia.
Fueron poco á poco retirando los víveres: cesó de una vez el agasajo y asistencia de los Caciques: los Embaxadores de Motezuma tenian sus conferencias recatadas con los sacerdotes; conociase algun género de irrision y falsedad en los semblantes; y todas las señales inducian novedad, y despertaban el rezelo mal adormecido. Trató Cortés de aplicar algunos medios para inquirir y averiguar el ánimo de aquella gente; y al mismo tiempo se descubrió de sí misma la verdad, adelantándose á las diligencias humanas la providencia del Cielo tantas veces experimentada en esta conquista.