obscuras, coronadas de robles y de encinas;

desnudos peñascales; algún humilde prado

donde el merino pace y el toro arrodillado

sobre la hierba rumia; las márgenes del río

lucir sus verdes álamos al claro sol de estío;

y, silenciosamente, lejanos pasajeros,

¡tan diminutos!—carros, jinetes y arrieros,—

cruzar el largo puente, y bajo las arcadas

de piedra ensombrecerse las aguas plateadas

del Duero.