y las sangrientas llamas

de su antorcha alumbraron

la honda cripta del alma.

—¿Vendrás conmigo?—No, jamás; las tumbas

y los muertos me espantan.—

Pero la férrea mano

mi diestra atenazaba.

—Vendrás conmigo...—Y avancé en mi sueño,

cegado por la roja luminaria.

Y en la cripta sentí sonar cadenas