Con este volumen, único de la parte sexta, guardan íntima relación los concernientes á la quinta, aunque sean, por desgracia, los más inferiores en mérito de los de la Raccolta publicados hasta el día. El estudio relativo á Toscanelli, que forma por entero el primer volumen de esta sexta parte, debido á Uzielli y Celoria, más que trabajo de investigación y de crítica es un panegírico del pretendido iniciador del descubrimiento de América, escrito, además, en forma descarnada é ilegible, á la manera de las compilaciones germánicas, verdaderos almacenes de datos y noticias sin orden ni concierto. Y los trabajos que le siguen, relativos á Pedro Mártir de Angleria, Américo Vespucio, Juan Caboto, Verrazzano y Juan Bautista (Battista di Poncevera), Leone Pancaldo y Pigafetta y Benzoni, sobre adelantar bien poco á lo ya conocido, huelgan en una colección verdaderamente colombina, excepción hecha de Pedro Mártir de Angleria, si bien la publicación de sus escritos relativos al descubrimiento de América es incompleta, pues solamente salen á luz íntegras las Epístolas, y no las Décadas, ó la parte de éstas concerniente á aquel singular acontecimiento, de las que sólo se ofrece aquí imperfecto sumario. ¿No hubiera sido más pertinente reproducirlas por completo en vez de los estudios referentes á los compañeros de Magallanes, que nada tienen que ver, inmediatamente, ni con Colón ni con el descubrimiento de América?

Por último, la parte cuarta contiene un curioso trabajo de Alberto d’Albertis, sobre la construcción naval y el arte de navegar en tiempo de Colón, y otro de Bellio, sobre las cartas geográficas más antiguas que existen en Italia, los cuales, por incompletos que sean, aventajan en mucho al tercer estudio de esta parte, que trata de la declinación y la variación de la aguja náutica descubierta por Colón, obra de Bertelli, que es inferior en mucho á los otros, y abundante en errores de importancia.

De todos modos, la Raccolta merece bien de los estudios históricos, y será, en lo sucesivo, una de las fuentes más copiosas para los futuros trabajos colombinos, en los que, sin convencionales y mezquinas divisiones de nación ó de secta, se estudie el descubrimiento de América á la luz de la ciencia y dentro únicamente de los sagrados fueros de la verdad histórica.

UN AMERICANISTA NOTABLE[4]

[4] Discurso leído en la Real Academia de la Historia, contestando al de ingreso del Sr. Asensio y Toledo.

Señores Académicos: Si en toda ocasión vuestros sufragios han abierto las puertas de la Real Academia de la Historia á personas de merecimientos mayores ó menores, pero de seguro bastantes en el cultivo de las ciencias históricas, en la presente, al llamar, unánimes, á compartir vuestras doctas tareas, al historiador, bibliógrafo y crítico Asensio y Toledo, no sólo habéis galardonado la vasta y sólida labor de un erudito de primer orden, en cincuenta años de estudios perseverantes y fructuosos, sino que también habéis patentizado, de modo elocuentísimo, á la nación entera, que sabéis conocer y apreciar, con amor y justicia, los trabajos de nuestros beneméritos Correspondientes en las provincias; que de buen grado les ofreceríais asiento entre vosotros, en concurrencia legítima con los doctos de la Corte, si vuestros Estatutos lo consintieran, y que cuando, como en este caso, el antiguo y laborioso Correspondiente satisface las exigencias reglamentarias, os apresuráis á ornar su pecho con la bien ganada medalla de esmaltes.

Viene el nuevo Académico de ciudad tan favorecida por los encantos de la naturaleza como privilegiada por las dotes del espíritu; tierra bendita de la lealtad y el españolismo más puro; rival, cuando no vencedora, de las más insignes de la Península y del Extranjero, la ciudad de San Isidoro y San Hermenegildo, sepulcro del más santo y del más sabio de nuestros Reyes; Casa de Contratación y Archivo de las Indias; madre afortunada y fecunda de pintores como Murillo y Velázquez; escultores como Roldán y Martínez Montañés (que si no nació en Sevilla, en ella floreció y para ella creó sus Cristos y Nazarenos); poetas como Herrera y Rioja, Tassara y Becquer; dramáticos como Lope de Rueda y Vélez de Guevara; soldados como el Marqués de Cádiz y Daoiz; marinos como Mendoza Ríos y los Almirantes Valdés y Ulloa; filósofos como Fox Morcillo; jurisconsultos como Pacheco y Cárdenas; oradores y estadistas como Rivero y el Conde de San Luis; novelistas como Mateo Alemán y Fernández y González; humanistas como Lebrija y Malara; críticos como Lista y Cañete; bibliógrafos como Nicolás Antonio y Gayangos; historiadores, en fin, como el Zurita sevillano Ortiz de Zúñiga, y los viejos cronistas del Nuevo Mundo Fray Bartolomé de las Casas y Francisco López de Gómara.

Sevillano por familia, nacimiento, educación, aficiones y estudios, más todavía, por su vida entera, transcurrida en las orillas del Betis hasta bien poco antes de vuestro llamamiento; continuador como ninguno, en la ciudad que atribuye su fundación á Hércules, de sus tradiciones eruditas é históricas; explorador infatigable y afortunado de sus archivos y bibliotecas; poseedor de una importante en extremo, sobre todo por su colección cervantina; rescatador, ilustrador y editor generoso de joyas tan valiosas como el Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, que dejó inédito Francisco Pacheco; autor de copiosos escritos literarios y críticos, artísticos é históricos; alma de la Sociedad de Bibliófilos Andaluces, que, como su hijo El Archivo Hispalense, ha dado á luz verdaderas preciosidades bibliográficas; Director inteligente de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, en reemplazo del nuevo padre de aquella ilustre Corporación nuestro insigne Correspondiente Fernando De Gabriel, de inolvidable memoria; cervantista comparable con nuestro difunto y egregio Anticuario Fernández-Guerra, á quien viene á suceder y al que ha consagrado las justas y nobles frases que hemos oído, y á las que en vuestro nombre y en el mío me adhiero por completo; americanista eruditísimo, autor de la Vida de Colón más extensa, razonada y amena que tenemos; promovedor principal, en fin, del moderno movimiento bibliógrafo, que ilustran con gloria eruditos tan aventajados como Montoto, Gómez Imaz, Gestoso, el Duque de T’Serclaes y el Marqués de Jeréz de los Caballeros, Asensio ingresa hoy en la Real Academia de la Historia como los Grandes en el Senado: por derecho propio.