Con verdadera imparcialidad, por su cualidad de extranjero, el más eminente de los historiadores de Italia, Francisco Guicciardini, Embajador de la Señoría de Florencia en la corte del Rey Católico, poco después de la muerte de la Reina, en la Relación de su viaje, traducida y publicada en la colección de Libros de antaño, al tratar de los grandes hechos de España en el reinado de los Católicos Reyes, escribía estas palabras, no tenidas hasta ahora en cuenta para el estudio de aquél período: «Y en esas acciones tan memorables no fué menor la gloria de la Reina, sino que, antes al contrario, todos convienen en atribuirle la mayor parte de estas cosas, porque los negocios pertenecientes á Castilla se gobernaban principalmente por su mediación y autoridad. Despachaba los más importantes, y en los ordinarios no era menos útil persuadirla á ella que á su marido. Ni esto se puede atribuir á falta de capacidad del Rey, pues por lo que hizo después se comprende fácilmente cuánto valía; por cuya razón, ó hay que decir que la Reina fué de mérito tan singular que hubo de aventajar al mismo Rey, ó que siendo suyo el reino de Castilla, su esposo, con algún fin loable, lo dejase encomendado á su gobierno.»

«Cuéntase, añadía, que la Reina fué muy amante de la justicia, muy casta, y que se hacía amar y temer de sus súbditos; muy ansiosa de gloria, liberal y de ánimo muy generoso.» En su Historia de Italia, decía que fué la gran Reina (lo dejaré en italiano para conservar la hermosura de la frase) «donna di onestissimi costumi, e in concetto grandissimo nei Regni suoi di magnanimità e prudenza

La prudencia de la Reina fué tal siempre, que no conozco un sólo hecho en que no se manifestasen juntamente el cariño y la consideración debidas á su marido. Básteme recordar aquí un hecho que habla por todos, precisamente de historia aragonesa. Asistió una vez á una fiesta de toros, y fué tal la repugnancia que este espectáculo le produjo, que, según escribía á su confesor, «luego, allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran;» pero—añade—«defenderlos (prohibirlos) no, PORQUE ÉSTO NO ERA PARA MÍ Á SOLAS», esto es, sin que fuese también en ello su marido.

Mas ¿qué ejemplo de prudencia mayor que el que nos ofrece su conducta en lo relativo á las negociaciones colombinas? Creyente en los proyectos de Colón, más que por ningún otro motivo por la causa suprema que inspiró siempre sus grandes acciones, la Religión Católica, por llevar la fe de Cristo á nuevas tierras, lejos de proceder novelescamente á impulsos de irreflexivos arrebatos de su corazón de mujer, como tanto se ha supuesto infundadamente, obró, por el contrario, con la gravedad y circunspección de una gran Reina, haciendo que asunto tan dudoso se examinase detenidamente en su Real Consejo y se discutiese por las personas más entendidas, hasta que las cosas tuvieron la madurez necesaria y la Corona de Castilla, conquistada Granada, estuvo en condiciones de acometer tan singular aventura.

Ya veremos, en artículos consagrados á los verdaderos favorecedores de Colón cerca de los Católicos Reyes, singularmente de la Reina, cómo la influencia real y efectiva de todos ellos se inspiró siempre en los ejemplos de religiosidad y de prudencia de su católica Soberana, y en el cariño, confianza y respeto que en todos infundían sus admirables virtudes.

Huérfana de padre á los tres años de edad, viviendo con una madre loca en el apartamiento de Arévalo, educada en la escuela de la adversidad y de las privaciones, entregada á sí misma, la extraordinaria prudencia de su entendimiento y la inmensa fe religiosa de su corazón fueron desde la infancia los maravillosos resortes de aquella voluntad invencible, de aquel carácter magnánimo, admiración y encanto de sus vasallos, como después de los españoles todos, que vieron y verán siempre en ella la encarnación más sublime de las ideas y sentimientos, de los ideales y aspiraciones eternas de nuestra patria.

Su nombre, pronunciado siempre con filial ternura, de siglo en siglo, por la familia española de la Península, que exaltó á su mayor grandeza, como de la tierra americana, que ayudó á descubrir, ha sido igualmente siempre admiración de las naciones extrañas. Los elogios de Paolo Giovio y Justo Lipsio, de Bayard y de Comines, de Guicciardini y Navagero, así como los modernos de Robertson y Gervinus, de Prescott, Irving y tantos otros, acreditan sobremanera la merecida universalidad de alabanzas tributadas á su gloria.

Entre los homenajes rendidos á sus admirables excelencias, hay uno que de intento he reservado para lugar aparte y preferente: el homenaje que el no extinguido afecto, y acaso los remordimientos de haber subido al tálamo y al trono de la gran Reina á otra mujer después de ella, dictaban al Rey Católico, moribundo, en su testamento:

«Entre las muchas y grandes mercedes, bienes y mercedes—dice—que de Nuestro Señor, por su infinita bondad, y no por nuestros merecimientos, habemos rescebido, una é muy señalada ha sido en habernos dado por muger é compañía á la Serenísima Señora Reina Doña Isabel, nuestra muy cara y muy amada mujer, que en gloria sea, el fallescimiento de la qual sabe Nuestro Señor quánto lastimó nuestro corazón, é el sentimiento entrañable que dello tuvimos, como es muy justo; que allende de ser tal persona, y tan conjunta á Nós, merecia tanto por sí, en ser dotada de tantas y tan singulares excelencias, que ha sido su vida exemplo en todos actos de virtud é del temor de Dios, é amaba é celaba tanto nuestra vida, salud é honra, que nos obligaba á quererla y amarla sobre todas las cosas de este mundo

He aquí, noblemente declarados por el Rey Católico, los motivos verdaderos del valimiento y del influjo que en él ejercieron las excepcionales cualidades de su augusta esposa. Sirvan de respuesta las frases del Rey de Aragón á sus panegiristas aragoneses, y veamos todos en ellas la explicación cumplida del «amor é unión é conformidad en que el Rey mi Señor é yo estuvimos siempre», que decía Doña Isabel en su testamento, proponiéndolos como ejemplo á sus hijos; conformidad, unión y amor que hicieron posibles una nueva edad de prosperidad y de unión entre todos los españoles, y el engrandecimiento y gloria de España en ambos continentes.