Si Don Fernando hubiese sido adversario de Colón, éste, así como nos dejó dicha la protección especial de la Reina, nos habría contado ó indicado siquiera la oposición del Rey, á lo menos en sus documentos familiares. Por el contrario, á su hijo D. Diego, después de lamentar la muerte de Doña Isabel, escribía lo siguiente: «Después (de encomendar á Dios el alma de la Reina) es de en todo y por todo de se desvelar y esforzar en el servicio del Rey nuestro Señor, y trabajar de le quitar de enojos. Su Alteza es la cabeza de la cristiandad: ved el proverbio que diz: cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen. Ansí que todos los buenos cristianos deben suplicar por su larga vida y salud, Y LOS QUE SOMOS OBLIGADOS Á LE SERVIR MÁS QUE OTROS, DEBEMOS AYUDAR Á ESTO CON GRANDE ESTUDIO Y DILIGENCIA.»

¿Se quiere prueba mayor de que Don Fernando, lejos de ser para Colón lo que las calumnias de algunos inventaron, fué, por el contrario, y por confesión del primer Almirante de las Indias, favorecedor verdadero é indiscutible?

Del mismo modo, Bernáldez y Oviedo, que conocieron á Colón, nada dicen de la supuesta oposición de Don Fernando. Es cierto que habla ya de ella en 1512, viviendo aún el Rey Católico, Juan Rodríguez Mafra, en su declaración en el famoso pleito de la Corona y los Colones; pero esta declaración aislada, eco de algún rumor infundado, no basta por sí sola para constituir prueba positiva. Es cierto, igualmente, que en la Historia del primer Almirante, atribuida á su hijo D. Fernando, se dice que Colón halló siempre al Rey «poco apacible, aun contrario á sus negocios;» mas no consta de un modo auténtico que esta obra saliese á luz tal y como la escribió D. Fernando, debiendo creerse, por el contrario, que hay en ella alteraciones y errores de bulto que no cabe atribuir en justicia al fundador de la Biblioteca Colombina.

Por último, la oposición de Don Fernando, tal y como nos la pintan sus autores, está en abierta contradicción con el carácter y condiciones de Don Fernando. Guicciardini (por no citar autores españoles), que trató y conoció muy bien al gran Monarca, escribía que «sus acciones, sus palabras y hábitos, y la opinión común que existe hoy, prueban que es un hombre muy prudente y muy reservado;» añadiendo en otro lugar: «es fácil llegar hasta él, y sus respuestas son gratas y muy atentas, y pocos son los que no salen satisfechos á lo menos de sus palabras.» «Me consta que sabe disimular más que todos los demás hombres.» «No es jactancioso, ni sus labios pronuncian nunca sino palabras pensadas y propias de hombres prudentes y rectos.»

Con estos antecedentes, podemos asegurar, sin temor de equivocarnos, que el Rey Católico, aun en el caso de ser contrario á los proyectos de Colón, no habría procedido nunca con la violencia y arrebato que se le supone; del mismo modo que su esposa, al abogar con entusiasmo por aquellos proyetos, no se habría nunca empeñado en contrariar abiertamente la voluntad de su esposo, ella, tan prudente en sus actos, tan respetuosa y amante de su marido. ¿Qué idea es esa que tienen algunos de las cualidades intelectuales y morales de la excelsa Soberana, suponiéndola, y en són de elogio, obrando por corazonadas y terquedades de heroína de folletín?

En suma: Don Fernando entró como debía entrar en la empresa descubridora, convencido y gustoso. Quizás en algunos puntos de las negociaciones, sobre todo en lo tocante á los extraordinarios privilegios que el gran navegante exigía (tanto ó más celoso de su provecho que de su gloria), opusiera, al principio, algún reparo el previsor y sagaz monarca. Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que Don Fernando autorizó, por su parte, la empresa, sin lo cual las capitulaciones no habrían llegado jamás á feliz término.

Esto dicho, supongamos por un instante que no hubiese obrado así el gran Rey: ¿serían por eso menos grandes sus merecimientos, anteriores y posteriores al descubrimiento de las Indias? Tendría una gloria menos, y nada más. Sólo los servicios prestados á Castilla en otras empresas y de muchos modos, bastarían á conquistarle imperecedera nombradía. Oigamos á su magnánima compañera. Son sus palabras la mejor hoja de servicios que tenemos del Rey Católico. Recomendando á sus hijos la obediencia y amor que debían á su padre, les dice que era mucha razón que éste fuera «servido e acatado e honrado más que otro padre, así por ser tan excelente Rey e Príncipe, e dotado e insignido de tales y tantas virtudes, como por lo mucho que ha fecho e trabajado con su Real Persona en cobrar estos mis Reynos que tan enagenados estaban al tiempo que yo en ellos sucedí, e en evitar los grandes males e daños e guerras que con tantas turbaciones e movimientos en ellos había e non con menos afrenta de su Real Persona: En ganar el Reyno de Granada e echar dél los enemigos de nuestra santa Fe Católica, que tantos tiempos habia que lo tenian usurpado e ocupado: en reducir estos Reynos á buen regimiento e gobernación e justicia, segun que hoy por la gracia de Dios están

¿Cabe elogio más exacto y cumplido de los merecimientos de Don Fernando? Está visto que los mismos Reyes Católicos han de ser siempre los que defiendan el uno al otro de injustos olvidos ó infundadas suposiciones.

Es inútil que algunos se esfuercen en divorciar el matrimonio más afortunado y bien avenido que ha podido existir sobre la tierra. Sus hechos, sus palabras, protestarán siempre, aun desde el fondo del sepulcro, donde, unidos, descansan. Y si en monumentos modernos, olvidando la antigua y loable costumbre, aparece uno solo de los egregios consortes; si se ha creído de este modo enaltecer las glorias de la gran Reina, olvidando ó desconociendo las no menos grandes del vencedor de Toro y del conquistador de Granada, provocando futuras represalias, no menos injustas, todo español protestará siempre contra tales arbitrariedades, y más alto que nadie la Reina Católica con aquellas palabras de su voluntad postrera, en que decía: «Quiero que mi cuerpo sea sepultado junto con el cuerpo de Su Señoría, porque el ayuntamiento que tovimos viviendo, y que nuestras ánimas espero en la misericordia de Dios ternán en el cielo, lo tengan é representen nuestros cuerpos en el suelo.»